Cercado. No es novedad que un político incumpla sus promesas. Un candidato a presidente o alcalde miente en campaña con la misma frecuencia que un niño pide un helado en verano. El engaño es un arte que, tarde o temprano, tiene que aprender a dominar cualquiera que aspire a un cargo público. El elector llega a acostumbrarse a esas mañas, pero es natural que la indignación ciudadana brote cuando alguien que ostenta el poder se niega a pagar sus deudas a tiempo.

Hace 100 años un representante de la campaña presidencial de José Pardo y Barreda – político del partido civilista que gobernó el Perú de 1915 a 1919  –   le “metió cabeza” a una picantera de Sabandía. En nuestros tiempos, un funcionario avalado por el alcalde de Arequipa.

Alfredo Zegarra también le debe dinero a un grupo de cocineras, integrantes de la Sociedad Picantera de Arequipa (SPA), por  el almuerzo que les ofrecieron a los invitados al  XIII Congreso de la Organización de las Ciudades del Patrimonio Mundial (OCPM), en noviembre pasado.  La picantera desairada un siglo atrás no se quedó callada y salió a los medios a exigir su dinero. Hoy, el grupo de cocineras también piden públicamente que les paguen.

DEUDA CENTENARIA

La mañana del martes 29 de mayo de 1915, Manuela T. de Salinas publicó en el diario El Pueblo un aviso en el que le pedía al señor Cayetano Arenas, el dueño de una reconocida fundición de Arequipa, que le cancelara los cinco soles (alrededor de S/. 3.000 al cambio actual)  que le debía por la chicha de guiñapo que compró en su picantería.

La bebida adquirida por Cayetano Arenas iba a repartirse en un evento partidario que se organizó en Sabandía, antiguo balneario de la aristocracia arequipeña, para impulsar las candidaturas de José Pardo y Barreda, J. M. Bustamante de la Fuente y Domingo Arenas, su hijo que tentaba un escaño como diputado en las elecciones de ese año.
En su misiva, doña Manuela contaba que el empresario Cayetano Arenas se había negado a pagarle porque aducía que ya le había dado cincuenta soles a un tal Justo Zegarra para que hiciera la gestión. Pero el señor Zegarra, según cuenta la picantera de Sabandía, también se negó a saldar la deuda.

“Como yo no puedo contribuir con mi trabajo para que el señor Pardo  y otros señores se den el gusto de mandarnos, es muy justo que usted pague lo que adeuda pues usted y no otro fue quien compró la chicha”, advierte doña Manuela en el texto de 1915.

Este documento fue encontrado en la hemeroteca de la Biblioteca Municipal por Enrique Ramírez Angulo, presidente de la Asociación de Historiadores Región Sur Arequipa (Ahirsa) y uno de los más acuciosos investigadores de la gastronomía regional.  Ramírez indica que este aviso es una muestra de que las picanteras siempre han sido mujeres luchadoras que defienden sus derechos y el negocio que les da sustento. “Esta mujer valiente, probablemente, estuvo esperando mucho tiempo y como vio que no le hacían caso tuvo contratar a un escribano para reclamar su dinero ya que esa deuda estaba desestabilizando su economía”, explica el historiador.

No se sabe si la deuda fue saldada, pero en el resto de diarios de ese año no aparecen nuevos avisos ni edictos judiciales referidos al tema. Tal vez, el escarnio público motivó a que los políticos en campaña cumplieran con doña Manuela.

DEUDA ACTUAL    

Veinte días antes de que se realizara el Congreso de la OCPM en Arequipa, el coordinador del comité organizador, Fredy Padilla, le pidió a la Sociedad Picantera de Arequipa que dieran un buffet para los 500 invitados internacionales durante los tres días del evento. Según Miguel Barreda, coordinador de la SPA, pese al poco tiempo que les dieron, decidieron ofrecerles a los visitantes lo mejor de la cocina arequipeña al menos por un día, el 5 de noviembre.

Quince picanterías se unieron y elaboraron un banquete de agasajo compuesto por 30 platos fríos y calientes.  “No fue una tarea fácil porque se tuvo que uniformar el servicio. Además, los insumos de la picantería como los camarones y cuyes son caros”, dice Barreda. Las picanteras también  armaron una ramadita en los jardines de Cerro Juli e hicieron una demostración del proceso de preparación de chicha. Todo este esfuerzo se vio recompensado con los elogios de los comensales de las urbes de Europa, Asia y América que correteaban detrás de los guisos, caldos, jayaris y picantes.

Gracias a este buffet el alcalde de Arequipa, Alfredo Zegarra, miembro del comité organizador del congreso,  quedó muy bien frente a sus invitados. Su imagen fue ensalzada producto de la buena sazón de las cocineras. Sin embargo, este logro se vio opacado por la deuda de 54 mil soles que Fredy Padilla aún mantiene con las quince picanterías. El pago por el servicio debió cancelarse de inmediato, pero, pese a las insistentes llamadas y correos electrónicos enviados, aún no les depositan el dinero. Hace dos semanas que no tienen noticias del funcionario.

“Nos sentimos burladas y desilusionadas porque ya pasó más de un mes y no nos entregan el dinero. Más que un daño económico, es una afrenta moral  porque nosotros ese día dimos lo mejor que tenemos para hacer quedar bien a Arequipa”, dice enérgica Saida Villanueva, propietaria de La Cau Cau II, como buena picantera que reclama por sus derechos.

Padilla era el representante de la OCPM, pero su designación fue avalada por el alcalde Zegarra. Además, Padilla fue subgerente de Turismo de la comuna provincial. Por eso, se espera que el alcalde asuma su responsabilidad en este caso. Mientras eso sucede, las picanteras no descartan hacer un pronunciamiento público o contratar un aviso para exigir que se les pague. Cien años después, la historia puede volver a repetirse.

 

Texto: Jorge Malpartida Tabuchi
jmalpartida@editoramultimedios.pe

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