Percy Prado

Muchos años después, frente a la página en blanco, el caudillo Francisco Mostajo recordaría la mañana cuando conoció el mar de Camaná. Aquella vez, si creemos en sus propias palabras, extático lanzó un grito a lo Rodrigo de Triana al ver tierra: “¡Camaná!”.
En un lugar de la Villa Hermosa, cuyo nombre no puede fijarse, veraneaba un hombre rico de apellido afamado y tanto poder político que ostentaba el cargo de virrey del Perú poco antes de la Independencia. Así lo relata su sobrina Flora Tristán.
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos cuando Mario Vargas Llosa vio por primera vez el mar. Era un niño entonces e hizo una parada en su largo viaje de Cochabamba a Piura para darse un chapuzón en esa inmensidad que descubría.
302. El evento fue traumático, así lo cuenta en El pez en el agua, pues un cangrejo lo “picó”.
Si creemos a la Literatura, las playas de Camaná y la provincia misma han sido muy visitadas desde hace buenos siglos. Ellas guardan historias y crean nuevas, aunque ahora regadas por el alcohol y coronadas por el desenfreno. Son siglos, lustros si solo tomamos en cuenta la masiva visita de arequipeños para pasar el fin de año y entregarse a los placeres de Baco y Eros, los que han trascurrido.

En estas fechas Camaná
se ve desbordada, ensuciada,
mellada por propios y extraños […]
A cada paso se topa uno
con montones de basura,
con botellas
y desperdicios en la arena.

Desde hace buenas décadas que las autoridades camanejas saben que una masa de arequipeños baja a sus playas para Año Nuevo, pero no aprenden. En estas fechas Camaná se ve desbordada, ensuciada, mellada por propios y extraños. Basta con ir a La Punta el primer día de este año y se sorprenderá no solo por la ingente masa humana, sino más por sus desechos, por sus bolsas plásticas, por sus botellas de trago, sus restos de comida malogrando el ambiente. No se debe culpar solo a los cochinos veraneantes, sino, sobre todo, a las autoridades municipales y policiales por su ineficiencia, su flojera y desamor y respeto por su provincia.
A cada paso se topa uno con montones de basura, con botellas y desperdicios en la arena. Los vapores nauseabundos que por el calor emanan insidiosos son intolerables. Lo peor de todo es que a la muchachada ebria le importa tanto como a las autoridades, es decir, un soberano rábano. Las familias, porque aún hay familias que buscan un día tranquilo en la playa, son las más perjudicadas.

 

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