La columna del editor

Hace unos días se aprobó la Ley de Protección Animal en el Perú. La norma es dura: hasta cinco años de prisión efectiva para los maltratadores. Pero también es blanda: no sanciona ni con un cocacho a los promotores de las corridas de toros y peleas de gallos.

El maltrato animal, en el Perú, solo se castiga cuando no es un espectáculo. Si la gente se organiza para ver cómo se tortura y mata un toro, no hay problema. Esta ley no protege a los más sufridos, por ello es incompleta y discriminatoria.

Dicen que las corridas de toros son una tradición muy arraigada en el Perú, y que por ello merecen respeto. ¡Cuernos! La tradición no justifica nada. Si así fuese, tendríamos que defender también costumbres como la ablación del clítoris. ¿Se imaginan en la barbarie en que viviríamos si algo, por solo ser tradicional, tendría que respetarse y perpetuarse?

Por otro lado, los defensores de la tauromaquia creen que poner a los animales en un mismo nivel que los hombres es una actitud ingenua, pues aquellos no hablan ni piensan. La pregunta éticamente relevante no es, pues, si los animales pueden hablar o pensar, sino si pueden sufrir. Los bebés, por ejemplo, no hablan, y hay personas con retraso mental grave que están en un nivel cerebral por debajo, incluso, del animalesco, pero no por ello merecen el trato que muchas veces les damos a los animales.

Todos debemos defender, por lo tanto, el derecho a una igual consideración de los seres capaces de sufrir. El argumento de «raza inferior» no vale: tiempo antes los leones se comían a los cristianos en un ritual que era considerado una fiesta; y hasta hace no mucho los negros eran considerados y tratados como esclavos, con el mismo razonamiento.

“El maltrato animal, en el Perú, solo se castiga cuando no es un espectáculo. Si la gente se organiza para ver cómo se tortura y mata un toro, no hay problema.”

Por otra parte, y volviendo al tema de la tradición, las corridas de toros no son específicamente españolas, como todos creen. De hecho, se han practicado en otros países de Europa, como Inglaterra. (Es curioso que, aparte de España, las corridas se practiquen con mayor fervor en México y Colombia, dos de los países más violentos del mundo.)
«Los españoles no tenemos un gen de la crueldad del que carezcan los ingleses —escribe Jesús Mosterín—; la diferencia es cultural. En España siguen celebrándose encierros y corridas de toros, pero no en Inglaterra (donde hace dos siglos eran frecuentes), pues los ingleses pasaron por el proceso de racionalización de las ideas y suavización de las costumbres conocido como Ilustración. Aquí apenas hubo Ilustración ni pensamiento científico, ético y político modernos. Muchos de nuestros actuales déficits culturales proceden de esta carencia.»
España y, por lo tanto, sus colonias no formaron parte, como también los rusos, los escandinavos, los periféricos, de la gran escisión racionalista, aquella etapa donde, mediante las luces de la razón, se disiparon las tinieblas que se cernían sobre la humanidad: la ignorancia, la superstición y la tiranía.

 

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