Papá era pescador. Su vieja alforja de cuero olía siempre a salitre, arena húmeda, mar, soledad. Papá viajaba hasta la playa en su vieja moto, acompañado de Tarzán, nuestro perro. Era un dóberman de inteligencia incuestionable: cuando papá entraba a nado al mar, Tarzán lo secundaba; si papá no podía jalar la red, Tarzán la mordía y también la arrastraba. Aquel animal vigoroso hundía sus patas entre la arena húmeda de la playa junto a los pescadores, en un esfuerzo fraterno por sobrevivir.

Sus ojos melones siempre estaban alegres; aún en las peores épocas cuando la pesca era mala y sabía que ese día no habría comida en casa. En fin, fue un gran amigo de tiempos difíciles. Recuerdo que, cuando Tarzán murió, papá lloró como un niño: lo acarició, lo limpió y lo enterramos entre los olivares del valle. Fue una tarde más triste de lo común. El cielo rojizo contrastaba con las nubes oscuras que se ocultaban a lo lejos, entre la cordillera y varias aves, en moribundo vuelo, se dirigían hacia el mar.

“Sus ojos melones siempre estaban alegres; aún en las peores épocas cuando la pesca era mala y sabía que ese día no habría comida en casa”

Muchas tardes en Yauca siguen siendo así; aquel pueblo arrinconado entre las dunas costeras y cerros desolados siempre estuvo rodeado de tristeza. Papá y los hombres del pueblo volvían de la pesca a esa hora, con los rostros curtidos por la sal marina, el cabello enmarañado, los labios resecos y la mirada pensativa de siempre.

A veces se conseguía mucho. Un día llegaron arrastrando una enorme mantaraya de casi 80 kilos, la trozaron y repartieron entre todos. Después supe que la novedosa proporción del animal les impidió venderla y decidieron, sin ponerlo a voto, comérsela entre todos para festejar la hazaña. Cuando la faena no era buena, los hombres acantonaban varios días en la orilla del mar. Papá también estaba ahí, con su vieja alforja, su moto, Tarzán y su tristeza. Por eso, volver a Yauca y a su mar revoloteado de gaviotas, siempre es una experiencia difícil.

Ese pueblo olvidado por mucho tiempo ha sido testigo de muchas historias que lindan con el dolor humano.

El hambre en el mar era agobiante, los pescadores siempre llevaban hojas de coca para masticarlas entre las pausas de la faena y para espantar el frío de las noches interminables.

Un pedazo de queso seco y maíz tostado completaban el fiambre de papá, mi madre se lo envolvía en una manta que había bordado con su nombre.
Los días de dicha eran cuando la alforja venía repleta de pescados. Papá, entonces, viajaba hasta Jaqui, un pueblo vecino, para venderlos entre los mineros del lugar.

¿Cuántos años pasaron desde entonces? Quizá 25, no lo recuerdo con exactitud. De lo que sí estoy seguro es que la historia de mi padre y de los míos estará ligada para siempre a los infortunios y alegrías inesperadas de ese mar que tanto añora mi alma.

(Para Juan Macías Silvera Rivas, mi padre, un viejo pescador de ilusiones)

 

La Joya
El Abasto

Edición digita

La Joya alteral