Numerosas personas me han agradecido y otras me han felicitado porque hace unos días declaré a los medios de comunicación social que no es moralmente lícito para un católico votar por un candidato a Presidente de la República o al Congreso que esté a favor de despenalizar el aborto, aunque sea en caso de violación, o legalizar el supuesto matrimonio entre homosexuales. No han faltado algunos, sin embargo, que han expresado que los obispos no debemos meternos en política. En general, son los mismos que exigen que los laicos católicos no tomen en cuenta su fe ni su doctrina cuando participan en política o cuando, por ejemplo, se discuten proyectos de ley en el Congreso. No hace falta ser demasiado inteligente para darse cuenta que lo que en el fondo pretenden es que sólo se les escuche a ellos y su ideología. Exigen que los católicos dejemos nuestra doctrina de lado y, en cambio, exigen que su ideología sea elevada a la categoría de derecho universal y sea impuesta a todos. En síntesis, se cierran a toda posibilidad de diálogo y, a través del insulto, pretenden silenciar a los que no pensamos como ellos. Se busca imponer la dictadura del “pensamiento único”. Llaman intolerantes a los que no los apoyan, pero son ellos los que no toleran a quienes no comparten su ideología.

“…es mi deber recordar a los católicos que viola gravemente la Ley de Dios quien […] vota por candidatos que estén a favor del aborto…”

La libertad de expresión es un derecho humano fundamental protegido por la Constitución Política del Perú y los católicos, sea laicos u obispos, no estamos excluidos de ese derecho. Por el contrario, como buenos ciudadanos estamos obligados a ejercerlo en concordancia con los valores que nos animan y, de esa manera, dar nuestro aporte al país. En el caso de los obispos, además, tenemos el grave deber de guiar a los miembros de la Iglesia católica y de recordarles las enseñanzas del Magisterio de nuestra Iglesia. Esto se hace más urgente en circunstancias como las actuales, en las que ciertas corrientes, que cuentan con poderosos medios económicos y de otra índole, pretenden negar la existencia de una norma moral objetiva y quieren hacer creer a la ciudadanía que la diferencia entre el bien y el mal la puede establecer cada uno a su antojo.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “pertenece a la misión de la Iglesia emitir un juicio moral, incluso sobre cosas que afectan al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas”. En ese contexto, es mi deber recordar a los católicos que viola gravemente la Ley de Dios quien apoya iniciativas o vota por candidatos que estén a favor del aborto o que pretendan atentar contra el matrimonio equiparándolo a uniones homosexuales (cfr. Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae; Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal del 24 de noviembre de 2002). No basta que el candidato represente una buena opción en el ámbito de la economía, porque el hombre no es sólo materia.

Edición digita

Yoga
Via Whatsaap
Anuncia aqui