La columna del editor

La constancia es una virtud que tiene muy pocos seguidores en la política. Los ejemplos sobran. Ahí tenemos al congresista Marco Falconí Picardo. Tanto que luchó por renunciar al Congreso para postular a la presidencia del Gobierno Regional de Arequipa, tanto que criticó al Legislativo por no aceptar su renuncia, tanto alboroto que armó porque, según él, pisoteaban su derecho a ser elegido, para que ahora postule nuevamente a la institución de la que un día quiso salir con tanto frenesí.
¿Qué hace el sindicalista Leoncio Amudio Peña, dirigente de los trabajadores mineros, postulando al Congreso en las filas del partido de Julio Guzmán, Todos por el Perú? ¿Su ideología no va más con el Frente Amplio o, en último caso, con el Nacionalismo? Pareciera que los principios quedan a un lado cuando de ganar algo se trata. ¡Como Guzmán sí aparece en las encuestas!
Miren a Juan Carlos Eguren, levantando el puño y haciéndole vítores a Alan García, a quien tanto criticó. Y qué pensar de Alejandra Aramayo: perteneció al PPC, luego postuló por Fuerza Arequipeña a la alcaldía de Arequipa y ahora quiere llegar al Congreso de la mano de Keiko Fujimori. ¿Cada agrupación política no tiene una ideología distinta? ¿Tan fácil es cambiar de pensamiento?
Echemos la vista un poco más allá. Lourdes Flores va de la mano de quien la llamó candidata de los ricos, Alan García, y al que ella acusó de traición a la patria. El candidato a segundo vicepresidente por el partido de Keiko Fujimori, Vladimiro Huaroc, fue un férreo opositor del gobierno de Alberto Fujimori, por ello su excorreligionaria Susana Villarán, al enterarse de que se puso la camiseta naranja, lo calificó de inconsecuente y desleal. ¿Pero qué puede decir Villarán si ahora está en la plancha de Daniel Urresti? “No me parece un candidato para la presidencia de la República. Además, no le veo un perfil de estadista”, dijo sobre él en marzo del 2015.
‘Nano’ Guerra García, candidato a presidente del Perú por Solidaridad Nacional, el partido de Luis Castañeda Lossio, fue un tenaz defensor de Susana Villarán, a la sazón alcaldesa de Lima, cuando Castañeda y los suyos pedían su revocatoria.
Llenaríamos el periódico con más ejemplos, pero para qué seguir insistiendo con que dos más dos es cuatro. Las preguntas finales son: ¿Qué nos garantiza que los políticos citados no van a cambiar de opinión y vayan contra lo que ahora defienden? ¿Cómo saber si las razones por las que votaremos por ellos no serán luego objeto de su desprecio?

 

“…Marco Falconí Picardo. Tanto que luchó por renunciar al Congreso […] para que ahora postule nuevamente a la institución de la que un día quiso salir con tanto frenesí.”

Yura

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