R… aceptó ir al circo. No fue una mala idea. Ambos no habíamos ido a un circo desde la infancia. “Yo desde que tenía once años creo”, sacó su cuenta hurgando entre sus recuerdos. Esa noche R… parecía feliz. Su sonrisa límpida estaba enmarcada entre sus labios perfectos. También sus ojos estaban alegres, con ese brillo insospechado por la ilusión de evocar las complacencias de la niñez.
De alguna forma, los dos sabíamos que ir al circo era una forma de burlar los hastíos de la modernidad. Era una pausa entre la cultura del apuro. “Será como acercarse a la felicidad para describirla”, lo resumió ella muerta de risa.
Yo la veía sin que se diera cuenta. Me gustaba ver cómo jugueteaba con su cabello azabache: se hacía una trenza, se la soltaba, luego una cola y después un moño. Se la soltaba. Entonces, mirarla en silencio era mi manera de ser feliz. Éramos los únicos que nos habíamos sentado separados por un palmo en el tabladillo del circo. Pero en fin, estaba cerca a ella.
Alrededor nuestro el espectáculo de afectos era sobrecogedor: familias sonrientes cuchicheando entre risitas cómplices, enamorados que buscaban el lugar más apartado para amarse con besos esporádicos y grupos de amigos que se divertían entre risotadas de estrépito. Ellos también tenían su forma de ser felices. El contento se interrumpió de golpe cuando empezó el espectáculo: payasos jocosos, trapecistas temerarios y bailarinas de una belleza irreal hacían posible lo imposible. R… aplaudía emocionada, reía, se dejaba seducir por la música y seguía jugando con su cabello.
Yo sabía que esa era la oportunidad para decirle tantas cosas. Pero no lo hice.
En el intermedio le invité un café para espantar el frío que pellizcaba con insistencia las puntillas de las orejas. Y aunque quise, en ese rato tampoco le dije nada y me maldije.
En la segunda parte en vano esperamos los animales famélicos de otros años: en los circos de ahora ya no hay elefantes ataviados con chales indios que se sientan sobre  enormes bancos de madera, ni monos vestidos de exploradores europeos. Tampoco hay tigres de Bengala condenados a saltar entre aros de fuego sin sus colmillos de depredadores voraces. Ocurre que hace años, estos animales fueron liberados de una esclavitud de indiferencia por leyes nacionales que llegaron a destiempo. Eso también alegró a R… y lo celebró aplaudiendo con más ánimo cuando el elenco de artistas salió a despedirse al finalizar la función.
Nosotros fuimos los últimos en salir, pero tampoco le dije nada. La despedí y miré cómo su cabello azabache se perdía entre la multitud de la ciudad.

La Joya
El Abasto

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