Vivimos en un tiempo lleno de ruido. Cuando salimos a caminar por la ciudad, las bocinas, los anuncios, los televisores, los motores y los sonidos, en general, hacen una especie de masa enorme que cubre todo y lo opaca. Los celulares, los radios, los juguetes, los mp3; casi todos los inventos tecnológicos que hemos creado últimamente están vinculados al sonido. Si lo pensamos un momento, es lógico que nuestra capacidad de escuchar se vea atrofiada.
Sin embargo, en esta ocasión no quiero hablar de los problemas auditivos o de las enfermedades vinculadas a la falta de percepción del sonido. Por el contrario, quiero referirme a nuestras actitudes frente a lo que perciben nuestros oídos, es decir, a nuestra capacidad de atención.
Para tratar de aclarar mejor a lo que me refiero, voy a proponer, de una manera un poco forzada, dos tipos de actitudes: oír y escuchar. Por un lado, oír (del lat. audire), más cercana a la palabra oído (auditus), lo definiremos como el hecho de percibir los sonidos que recibimos a través de nuestros oídos.  Y por el otro, escuchar (del lat. auscultare), más cercana a la palabra auscultar (todavía existente), lo definiremos como el hecho de prestar atención o entender lo que se ha oído.

 

“…diríamos que escuchar no es lo mismo que oír. Oímos todo a nuestro alrededor, pero escuchamos realmente muy poco.”

De esta manera, diríamos que escuchar no es lo mismo que oír. Oímos todo a nuestro alrededor, pero escuchamos realmente muy poco. Ahora bien, piense un momento: ¿Practica Ud. la capacidad de escuchar, de querer entender plenamente a los demás? ¿Cree usted que los demás practican esta capacidad? ¿Sus padres practicaron y le enseñaron esta capacidad? ¿Sus maestros practicaron y le enseñaron esta capacidad? ¿Considera que en nuestro país practicamos esta capacidad? En síntesis, ¿cree Ud. que tenemos la cultura de escuchar?
Las respuestas pueden resultar demasiado abrumadoras y preocupantes. Sin embargo, podemos empezar a modificar nuestros errores. El primer paso para empezar a cambiar es asumir que uno está en el error. No considere que, porque oyó las dos primeras frases de una conversación o que porque lo hizo alguna vez, ya sabe escuchar. El escuchar es un ejercicio que requiere paciencia. Evite los prejuicios, nunca podrá saber si un discurso es totalmente malo e inservible si no lo escuchó completamente. Procure concentrarse más en entender al otro que en tamizar antes de tiempo las ideas ajenas, primero recepcione y luego escoja lo que desee guardar. Piense que, en una conversación, más gana el que escucha que el que habla. El que habla da todas las ideas de sí, pero el que escucha las recibe.
No pierda más el tiempo y cambie de actitud, reflexione sobre su pasado y busque si alguna vez alguien quiso decirle algo y Ud. se negó a recibir el mensaje. Reflexione sobre las veces en que pudo Ud. aprender de los demás, pero eligió lo contrario. Piense en los problemas y las pérdidas que tuvo, en varios aspectos, por, sencillamente, no saber escuchar. ¡Despierte! Espero, sinceramente, que esta vez quiera escucharme.

La Joya
El Abasto

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