CERCADO. Que Epifania Sulca Álvarez haya madrugado más de cinco veces para sacar una cita médica y no lo haya logrado, es algo que se ha vuelto común en el hospital Goyeneche.
Que haya treinta plazas de médicos sin poder cubrirse, es otra noticia vieja.
Que las paredes del hospital se caigan a pedazos, es el síntoma inequívoco que el Goyeneche da sus últimos latidos.
Lo único que Epifania Sulca quiere es una cita para ginecología. Vino desde San Juan de Tarucani, el distrito que está detrás del Pichupichu, a más de dos horas de la ciudad. Gasta en pasajes, alimentación y hospedaje. Poco importa su historia y drama cuando llega a la ventanilla de los consultorios y le dicen que se agotaron las citas y regrese mañana.
“Ya no sé qué hacer”, dijo resignada. Siete días madrugando no le sirvieron de nada.
Si hasta la fecha el Goyeneche no ha perdido la categoría de hospital III-1, es por la gestión de las autoridades, esfuerzo de su personal y algo de ayuda divina de algún santo.
Hay áreas en este hospital que son peores que una posta médica de una provincia alejada.
Por ejemplo, la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) no tiene ni servicios higiénicos.
Tampoco jefatura de médicos.
La Superintendencia de Salud (Susalud) le hizo 98 observaciones al Goyeneche. Si no las supera hasta fin de año, bajará de categoría.
Alberta Avendaño Vizcarra, directora del hospital, reconoce que trabajan con mesas quirúrgicas que tienen más de 100 años, cuando la norma indica que el material
no debe exceder los 10 años.
“Creo que estos problemas son superables. Hay que hacer gestión y conseguir el apoyo de las autoridades y la buena voluntad de los trabajadores. Es la única manera de no perder la categoría”, dijo la directora.

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