Continuamos con nuestra serie de artículos destinada a demostrar por qué debemos rechazar la unión civil homosexual (UCH). Vamos ahora a la segunda razón: por ser antisocial, es decir, ir contra el bien común.
2. Porque es antisocial: Si el asunto fuera meramente económico, ¿por qué los fautores de la UCH no se satisfacen con la Sociedad Solidaria aprobada por este Congreso? ¿Por qué, si supuestamente la única razón del reconocimiento jurídico de una unión intimísima y privada es la protección de ciertos derechos patrimoniales, acabaría incidiendo en el derecho familiar y generando un nuevo estado civil?
La razón estriba en que, en verdad, lo que desean los auspiciadores de la UCH no es una solución a problemas concretos, sino el «reconocimiento» de «derechos», es decir, una victoria en el plano de lo simbólico y una aceptación cultural, tanto al estilo de vida homosexual, como a los «neoderechos» contemporáneos, destinados a «deconstruir» lo que denominan «Patriarcado», es decir, la familia natural y los valores tradicionales de la sociedad y reemplazarla con una utopía hipersexualizada signada por la arbitrariedad absoluta. De ahí que la izquierda se haya convertido piadosamente a la «revolución sexual». No lo dicen tanto, por temor a espantar a la opinión pública moderada, pero en sus eventos y escritos académicos lo sostienen con todas sus letras.

 

“En todos los lugares donde se aprobó […], la UCH ha dado paso, luego de algún tiempo, al llamado matrimonio gay con derechos plenos, incluso de adopción.”

En todos los lugares donde se aprobó –con el voto o apoyo de sectores moderados, que la consideraban como un «non plus ultra» destinado a quitarle los argumentos de discriminación al lobby gay sin llegar a promulgar el matrimonio gay–, la UCH ha dado paso, luego de algún tiempo, al llamado matrimonio gay con derechos plenos, incluso de adopción. El mismo Bruce ha declarado que la UCH es solo un paso al matrimonio pleno. Casi todos los países que adoptaron la UCH han acabado adoptando el matrimonio homosexual en relativamente corto tiempo. Así que aquel que apoye la UCH, aun en versiones edulcoradas, que sepa que está apoyando el matrimonio homosexual pleno.
Darle al Estado –controlado por una élite de activistas de ONG que haría las delicias de Lenin– el poder de decidir qué es familia, sin interesarle lo que diga la sociedad, la tradición, la religión, la recta filosofía o el sentido común es quizás el summum de la utopía totalitaria de izquierdas. Es estatizar, ya no los medios de producción, sino la fábrica misma de lo humano. Y eso es lo que pretende la neoizquierda y sus «compañeros de ruta» liberales e incluso seudosocialcristianos. De ahí que la instauración del matrimonio gay esté usualmente acompañada, en la agenda de sus corifeos, por la legalización del aborto y de la eutanasia.
Si la UCH pasa a nuestro ordenamiento jurídico, deberá ser enseñada en los colegios y defendida por el Estado, como cualquiera de sus instituciones jurídicas. De ahí que aquellos que se opongan a esa institución o incluso a la licitud moral del estilo de vida homosexual podrán verse constreñidos jurídicamente en sus libertades de expresión y de educación de sus hijos. Cosas así se están viendo ya frecuentemente en Europa.

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