CERCADO. Antes había una regla de oro durante el carnaval que nadie se atrevía a quebrar. “No debe molestarse al que no quiere ser mojado”. Décadas atrás, como ahora, los muchachos de los barrios de Arequipa salían a las calles a divertirse con agua, pero –como recuerda el historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán– se organizaba un juego amistoso en donde no había actos de violencia ni vandalismo. “No mojábamos a cualquiera, solo a los que habían aceptado jugar con nosotros porque nos conocían. Los juegos de carnaval eran una diversión de barrio y una forma de interacción en donde, pese a que te lanzaban agua, había respeto”, cuenta el historiador que vivió sus primeros carnavales en su barrio de Miraflores a inicio de la década de 1950.
La inocencia de antaño parece haberse perdido y hoy los muchachos aprovechan los carnavales para empapar a quien se le cruce en el camino y, de paso, cometer uno que otro acto delincuencial. Incluso la Policía y serenazgo se ponen en alerta para evitar daños a propiedades o atentados sexuales contra mujeres.
Según el historiador Hélard Fuentes Pastor, quien está a punto de publicar su libro “Historias de las fiestas del carnaval en Arequipa”, estos cambios no se dieron de la noche a la mañana, sino que obedecen a una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas.
CAMBIOS DEL CARNAVAL
Los carnavales se celebran en Arequipa desde la llegada de los españoles en 1540. Fuentes Pastor indica que en este primer periodo no se realizaban corsos ni desfiles de comparsas. Durante la Colonia y los primeros años de la República, la fiesta se reducía a lanzar a los peatones cascarones de huevo rellenos de agua de colores y tirar baldazos desde los balcones. El juego en las calles se combinaba con bailes y cantos.
En 1923 el carnaval obtiene una esencia artística cuando la municipalidad empieza a organizar en el centro de la ciudad el Corso de las Flores, en donde desfilaban lujosos carros alegóricos y se daban a conocer a las bellas reinas de la temporada. “En esos años, se sumaron a los juegos de carnaval los chisguetes de éter, que eran más sofisticados que las jeringas. Además, se organizaban bailes en clubes y cines, en donde también se lanzaban agua de colonia y talco”, explica Fuentes Pastor.
Este tipo de celebraciones empiezan a decaer a partir de 1960. Los terremotos de ese año y de 1958 hicieron que las autoridades viraran su atención a otros menesteres. Asimismo, los juegos con agua empezaron a ganarse la fama de violentos y toscos. Mientras el siglo XX avanzaba, la fiesta de carnaval fue perdiendo su alegría. Eso sí, como hasta hoy, mantuvo su esencia de ser un juego que se desarrollaba en las calles.

EL CARNAVAL LONCCO RESISTE
En uno de los pocos lugares de Arequipa en donde las celebraciones del carnaval conservan sus componentes culturales es en el distrito de Cayma, en donde aún salen a las calles las pandillas de músicos, payasos y mojigangos. Estos personajes, que representan la esencia del carnaval “loncco” o campesino, alegran al público con sus bailes y tomaduras de pelo. Además, durante los recorridos, los integrantes de las comparsas de los sectores de Acequia Alta, Carmen Alto, La Tomilla y Bolognesi van cantando irónicas coplas con guitarras y charangos.
La poeta Luz Vilca, autora junto con Luzgardo Medina del libro “Carnaval Loncco de Cayma”, indica que estas celebraciones de la gente del campo, a diferencia de las que se desarrollaban en la ciudad (la zona de los “ccalas”), eran menos solemnes. “Los disfraces que se usaban eran una forma de satirizar la pomposidad del Corso de Flores de la ciudad. Sin embargo, ellos también bajaban al centro y se integraban a la fiesta”, indica Vilca.
Décadas atrás estas comparsas lonccas también existían en distritos como Sachaca, Cerro Colorado y Yanahuara; pero la expansión urbana ha hecho decaer esta costumbre y las agrupaciones de músicos y danzantes han ido desapareciendo. Pese a ello, en Cayma aún hay iniciativas como la de la Asociación Cultural Carnaval Loncco de Acequia Alta, que, desde hace casi 30 años, mantiene viva esta tradición, que no solo se reduce a tirarle baldazos de agua a un indefenso peatón.

 

Texto: Jorge Malpartida Tabuchi
jmalpartida@editoramultimedios.pe

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