Aunque nos cueste admitirlo, los peruanos somos ciudadanos de última categoría. Quizás tantos años de gobiernos autoritarios (miren que si “Cosito” culmina su gestión, recién podremos celebrar cuatro periodos presidenciales seguidos, sin interrupciones militares ni autogolpes) nos estén pasando factura y aún no nos creemos eso de vivir bajo las reglas de la democracia. Todavía estamos bien lejos de asimilar que estamos dentro de un modelo de sociedad en donde nuestros derechos deben ser respetados o, al menos, no deberían ser pisoteados con tanta facilidad.
Pese a que ya no nos gobierna ningún dictador o un autócrata con ganas de quedarse en el poder indefinidamente, ejercemos nuestra ciudadanía de manera pasiva. Como si estuviéramos pidiendo permiso. Miren que hasta nos da miedo exigir el Libro de Reclamaciones cuando, por ejemplo, en una tienda en la que estamos gastando nuestro dinero nos tratan peor que a un pordiosero. “Señorita, le pido por favor que no me haga llorar, ya sé que tengo tobillos gorditos y pie plano. Ya pues, no me haga roche. Mire que le voy a llevar dos pares de zapatillas en oferta”, le decimos con la mirada gacha a la dependienta que nos vende de mala gana su mercadería pasada.
Por otro lado, ante la aparición de un pelo rizado o una cucaracha hervida en nuestra sopa, preferimos colgar un tímido post en Facebook quejándonos del mal servicio (con fotito incluida del chaque de tripas con sorpresa), en vez de encarar a un mozo maleducado y hacerle entender que las propiedades proteicas del cabello humano aún no han sido probadas. Pero no, en estos casos solo optamos por buscar likes en una red social, con la esperanza de que el mensaje se vuelva viral y el community manager de, digamos, “Snack Rosita’s” (menú ejecutivo a S/. 6 desde el mediodía) nos pida disculpas por mail.

¿Con qué derecho exigimos políticos de calidad si recién cada 5 años nos acordamos  de que tenemos el poder de elegir un destino mejor?

 

Somos tan tímidos para exigir nuestros derechos que hasta aceptamos tranquilamente que la empresa que nos da el servicio de conexión a Internet solo nos garantice el 10% de la potencia de red que contratamos. Es como si le dijéramos a nuestro jefe que, pese a que nos paga por trabajar 8 horas al día, solo – con seguridad – le pondremos ganas a los primeros 48 minutos de la jornada. “El otro 90% no está garantizado señor”, podríamos decir.
Tal vez por estas razones nos merecemos a nuestros gobernantes. ¿Con qué derecho exigimos políticos de calidad si recién cada 5 años nos acordamos de que tenemos el poder de elegir un destino mejor? ¿Por qué nos creemos un país desarrollado cuando mal barateamos nuestro voto al primer caudillo que nos ofrece un polo o un llavero como en cualquier república bananera?

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