Ha causado gran conmoción la reciente muerte de la niña Reyna Milagros, de seis años de edad, ahogada en una piscina pública en la que participaba en clases de natación. Esta noticia, unida a otras muertes por accidentes de tránsito ocurridas los últimos días, han ocasionado, una vez más, que el verano se tiña de luto para numerosas familias y para quienes todavía somos sensibles al sufrimiento ajeno. Pienso en los familiares, especialmente la madre de Reyna María y de los demás fallecidos y, además de expresarles mis condolencias y asegurarles mis oraciones, quisiera que estos lamentables sucesos nos lleven a todos a reflexionar sobre la importancia de cuidar la propia vida y la de nuestro prójimo. Dios quiere que todos los hombres constituyamos una sola familia y nos tratemos como hermanos. Como hace un tiempo lo dijo san Juan Pablo II, y últimamente nos lo recuerda con insistencia el Papa Francisco, en cierto modo todos somos responsables de todos y cada uno de nosotros está llamado a ser custodio de los demás. De hecho, los hombres sólo podemos encontrar nuestra propia plenitud en la entrega y servicio a los demás, especialmente a aquellos con quienes compartimos la vida en sociedad.
Lamentablemente, el individualismo que afecta al hombre posmoderno ha dado lugar a que muchas personas menosprecien las leyes y no cumplan con sus deberes sociales. No pocos están habituados a violar las normas de la vida social, como por ejemplo las reglas de tránsito o las de seguridad en el trabajo, sin importarles dañar o poner en peligro la vida propia y del prójimo. Es lo que sucede con la informalidad, que en sus diversas manifestaciones es uno de los mayores problemas del Perú. La informalidad no es algo intrascendente sino que acarrea consecuencias que pueden llegar a ser irreparables, como las que ahora estamos recordando y lamentando. Siempre hay alguien que paga las consecuencias de la informalidad y, en definitiva, esta daña a la sociedad en su conjunto. De ahí la urgencia de que todos los hombres y mujeres de buena voluntad, especialmente los cristianos, ejerzamos y promovamos las virtudes personales y sociales.
Como hace cincuenta años lo dijo el concilio Vaticano II: “Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar sus responsabilidades temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que los obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas…El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (GS, 43). En particular, los católicos tenemos la misión de cristianizar el mundo y hacer presente el amor de Dios en medio de la sociedad en la que vivimos.

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