Arlette vivía frente a mi habitación de estudiante universitario. Era una muchacha delgada que estudiaba para secretaria de oficina en un instituto de la ciudad. Tenía un encanto inexplicable en su voz, caderas y senos firmes, cabello lacio y unos ojos de gacela acorralada capaces de seducir al más reacio.
Llegó a la pensión una noche cualquiera, arrastrando dos maletas enormes y con un gato cenizo bajo el brazo. Desde entonces la casona en que vivíamos no fue la misma. Arlette cantaba todo el día secundada por un karaoke que prendía a toda potencia, bailaba en el patio donde secábamos la ropa los domingos y organizaba fiestas frecuentes en su habitación, a las que invitaba a un puñado de desconocidos. Para ella, esa casa de huéspedes era como un oasis de libertad donde podía cumplir todos sus caprichos de niña engreída. Y de cierta forma lo era. Ahí vivíamos apenas tres inquilinos, los dueños residían en otro lugar y solo venían a cobrarnos la renta cada fin de mes.
Pero sus extravagancias terminaron por cansar al otro vecino de la pensión, un profesor de primaria que vivía allí junto a su esposa desde mucho antes que llegara yo y Arlette. Se fueron una mañana mascullando insultos contra ella, odiándola por siempre.

 

“Fue en una de esas noches cualquiera que escuhé un toquecito cómplice en la puerta de mi cuarto. Era apenas un murmullo imperceptible pero insistente…”

 

Después supe que la esposa del profesor se dio tiempo para consumar una venganza de mujer: le contó las tropelías de Arlette a la dueña de la casa. Pero por mucho que la recriminó, mi vecina no dejó de cantar y desvelarse en jaranas memorables.
Aunque vivíamos solos, casi nunca hablé con ella. Unas noches la veía entrar a su cuarto con algún acompañante casual. Entonces el amor la hacía retozar entre gritos de estrépito. En fin, mi vecina era una mujer de quien nunca supe mucho, pero que fascinaba por el misterio que rondaba su vida. Fue en una de esas noches cualquiera que escuché un toquecito cómplice en la puerta de mi cuarto. Era apenas un murmullo imperceptible pero insistente. Desperté sobresaltado. Miré mi reloj de cabecera: las 2:30 de la madrugada. Abrí la puerta adormitado e incrédulo: Arlette estaba apoyada en la pared del pasadizo con las piernas cruzadas, descalza y con el cabello húmedo por el rocío de la noche.
-Hola, vecino, disculpa la molestia pero es que hace tanto frío que pensé que podíamos abrigarnos un poquito-, me dijo con su vocecita divertida y desafiante. Vestía un baby doll negro traslúcido que dejaba entrever su desnudez de hembra apabullante.
Antes que pudiera responder, Arlette me empujó hacia dentro, entró decidida a mi cuarto y cerró la puerta. Afuera, la noche estaba en silencio.

fleming

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