A César Acuña no solo hay que cuestionarle su doctorado y sus maestrías, hay que poner en duda incluso sus estudios secundarios. Es un honor para él que se le esté criticando por un doctorado mal hecho, cuando, a juzgar por lo que dice y cómo lo dice, su formación más elemental queda en entredicho. Escucharlo atentamente es insufrible.
Que Acuña hilvane dos ideas es todo un logro; solo se luce expresando monosílabos. Cuando hay que dar discursos largos, solo lee, y lee pésimo. Si hablar mal sería un delito, a Acuña ya lo hubieran sentenciado a muerte. Pero no solo se trata del discurso oral, el problema de fondo, me parece, es de ideas, de capacidad, de inteligencia.
Si lo más natural es hablar, y Acuña lo hace pésimo, ¡cómo escribirá este hombre! La escritura, no lo olvidemos, es una técnica que cuesta manejar. Muy pocas personas escriben bien. Acuña, a simple vista, no solo no está a la altura de su doctorado y maestrías, podemos seguir bajando.
Estas deficiencias podemos perdonárselas a cualquier otro postulante, pero no a uno que tiene como emblema la educación. Es como si un candidato prometiera acabar con la inseguridad ciudadana siendo un delincuente. No es lógico. Acuña no puede llevar la bandera de la educación, además, porque nunca fue un buen alumno. Le negaron el título de ingeniero químico “debido a las notorias deficiencias y varios vacíos en el conocimiento básico de las materias”. El jurado calificó su tesis de hilarante.

Si hablar mal sería un delito, a Acuña ya lo hubieran sentenciado a muerte. Pero no solo se trata del discurso oral, el problema de fondo, me parece, es de ideas, de capacidad, de inteligencia.

Puede que muchas personas hayan estado en la misma situación, eso nos las hace menos. El escritor José Saramago, premio Nobel de Literatura en 1998, dijo que el hombre más inteligente que conoció fue analfabeto. Lo que hace menos a Acuña es que eligió sacarle la vuelta a las normas para obtener un grado académico que no merece. Hizo trampa, fue desleal.
Y que no vengan con cuentos. Acuña es un plagiador. Eso de esperar a que se pronuncien las universidades en las que cursó sus estudios es solo una salida, una forma de evitar seguir hablando del tema. Si el líder de Alianza por el Progreso no está a la altura de un doctor, grado que obtuvo por la vía más fácil, engañando a todos y así mismo, menos va a estar pues a la altura de un presidente. Ya con Humala fue suficiente. Lo que sí hay que reconocerle es que al menos se da cuenta de que es corto de entendimiento; por ello evita participar en foros, entrar en debates, ofrecer entrevistas. Pero Acuña es un hombre temerario. Sabe que si dependiera de preparación y conocimientos, no llegaría a tener ni medio punto en las encuestas, pero aun así se atreve a querer manejar un país. La ignorancia es a veces atrevida.

El Abasto

Edición digita

Yoga
Via Whatsaap
Anuncia aqui