El dilema de tener que elegir cada cinco años al político que represente “el mal menor” para que sea nuestro presidente es un síntoma de lo temerosos que somos como sociedad. En época electoral nos llenamos la boca de que queremos un cambio y que ya es tiempo de que nos gobiernen personas decentes y preparadas, pero cuando llega el momento de emitir nuestro voto terminamos optando por los mismos de siempre.
Eso explica por qué entre los primeros lugares de las preferencias electorales, según las encuestas, aparezcan la hija de un dictador encarcelado y un empresario provinciano que se vale de su fortuna para comprar adeptos y que copia descaradamente los trabajos de otros con tal de sacarle lustre a una tesis de doctorado.
También tenemos a dos expresidentes (uno que se pasó su mandato de jarana con Johnnie Walker y otro que hizo de los indultos a narcotraficantes una política de Estado) y un tecnócrata que dice representar el cambio, con colores bonitos y campañas en Facebook, pero trabaja de la misma manera improvisada (sin partido, ideología ni planes concretos) que los dinosaurios que dice querer derribar.

 

“El Perú arde pero seguimos optando por aquellos candidatos que solo ofrecen, una vez que estén en el poder, poner en marcha el piloto automático”

 
Aunque tenemos la chance de ser valientes y marcar un nuevo rostro para que llene de dignidad el sillón de Pizarro, decimos que otra vez votaremos (aunque sea tapándonos la nariz) por aquel que “asegure la estabilidad del modelo y la continuidad del buen rumbo del país”.
¿Pero de qué estabilidad hablamos si el año pasado se registraron más de 200 conflictos sociales? El Perú arde pero seguimos optando por aquellos candidatos que solo ofrecen, una vez que estén en el poder, poner en marcha el piloto automático y dejar que los problemas se olviden o, si Dios es grande, se resuelvan solos.
¿A qué buen rumbo nos referimos si la economía hace varios trimestres está estancada? El supuesto milagro peruano se cae pero solo nos preocupa saber qué plancha tiene más candidatos de la farándula o qué futura primera dama “para mejor la olla”.
Es deprimente tener que optar en cada elección presidencial por el mal menor, pero más triste es elegir al político “menos malo” con la esperanza de que esta vez será diferente. Es como caer de nuevo en el ciclo de violencia dentro de la pareja: aceptamos por costumbre al mismo patán aunque sabemos que tarde o temprano nos terminará haciendo daño.

inmobiliaria

Edición digita

aire acondicionado
Buscas casa

Publicidad