El fuego recorrió su sendero temerario entre el pastizal del cerro hasta formar una hoz y un martillo. Entonces, la tranquilidad de la noche fue interrumpida por un tiroteo de estrépito. Los cumpas habían ingresado al pueblo entre ráfagas de metralla y explosiones de dinamita. Era un sábado, 2 de julio de 1991.
Recuerdo que papá corrió a trancar el portón de la casona en la que vivíamos con una barreta de minero, apagó la lámpara de keroseno y me arrastró junto a mi hermana debajo de la cama. Luego trajo a mamá: estaba casi desmayada por el susto de la balacera.
Nosotros vivíamos cerca a la plaza. Afuera, en la calle, la gente gritaba y lloraba con amargura, impotencia, terror. Sus gemidos lastimeros se confundían entre los gritos y arengas de los sitiadores.
Los policías del pueblo también peleaban. Habían abandonado su comisaría antes que fuera dinamitada esa noche, pero se las ingeniaron para apostarse en el campanario de la iglesia y en las esquinas de la plazoleta. Desde ahí respondían sin tregua ni vacilación al fuego enemigo. Pero por mucho que se esforzaban, eran cercados cada vez más y más. “¡La bandera carajo… la bandera!”, ordenaba con desesperación algún oficial en plena refriega.

 

“Las balas silbaban entre los vericuetos de la calle de aquel pueblo en tinieblas, por las chacras de olivo, desde los cerros desolados y por encima de las casas de adobe…”

 
Sus roncos alaridos tenían la determinación de un condenado a muerte. En ese instante, su coraje era un fortín que los cumpas no podían dinamitar. Pero su voz se apagó en seco minutos después, cuando las balas ya silbaban entre los vericuetos de la calle de aquel pueblo en tinieblas, por las chacras de olivo, desde los cerros desolados y por encima de los techos de las casas de adobe y quincha.
La muerte, entonces, asediaba por todos lados. “¡Nos van a matar Juan, nos van a matar!”, le gritó mi madre a papá. Solo entonces lloré de pavor junto a mi hermana. El miedo se había convertido en pánico y el pánico en espanto.
La balacera que había empezado a las ocho de la noche cesó casi a la una de la madrugada, pero nadie salió de sus casas hasta el día siguiente, cuando llegó un convoy de militares que rodearon la plaza y nos obligaron a cantar el Himno Nacional.
Entre los escombros del pueblo ametrallado, algunos vecinos contaban que los cumpas también habían entrado a Acarí, un pueblo vecino, que le habían destrozado la cabeza al cura del poblado de una pedrada y que luego habían mendigado por provisiones.
Nunca llegué a saber nada del oficial que defendió la bandera en la plaza. Y a los cumpas, aquella noche, solo los conocí por el sonido de sus balas, que algunas veces vuelvo a escuchar entre sueños.
* Los senderistas utilizaban la palabra cumpa en alusión a compañero.

El Abasto

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