A mano alzada

En estos días, hablar de César Acuña y su “partido político” es hablar de cómo se puede contribuir de manera significativa a la devaluación de una campaña electoral (paradójicamente, con un montón de millones de por medio) de una manera, probablemente, de las más desvergonzadas y elementales que se ha visto en los últimos tiempos.
Acuña ya no muestra el menor pudor ante las acusaciones que se presentaron (e intuyo, seguirán presentándose) en su contra. Empieza negándolas; luego, de a poquitos, intenta minimizarlas, se victimiza; después salen los escuderos a defender lo indefendible y lo hacen así, porque, como es notorio, Acuña no puede hilar más de dos oraciones gramaticalmente correctas, cosa inaudita en un hombre con importantes grados académicos, estudioso de la pedagogía, escritor, y casi casi cosmopolita, ¿verdad?
Da la impresión de que Acuña y sus allegados subestiman y hasta ignoran la inteligencia de los peruanos y pretenden zanjar temas que los comprometen en actos delictivos, con explicaciones balbucidas, enredadas e ininteligibles; tal parece que nos quieren atarantar, pero ya ni siquiera hay una buena elaboración para intentarlo. O sea, nos creen imbéciles.
Ha quedado evidenciado que el engaño y el aprovechamiento de lo ajeno para el propio y exclusivo beneficio es la forma de vida del señor Acuña: mentir, apropiarse de lo ajeno sin escrúpulos, aprovecharse de la necesidad del otro para mantenerse en el poder y amasar una fortuna con universidades donde la educación es lo último que importa, son sus antecedentes. Aunque esto último, también tendríamos que agradecérselo a la herencia permisiva del fujimorismo en lo que educación superior se refiere.
Ojalá al candidato le diera un arranque de dignidad y se reconociera tal y como es, sin excusas baratas y torpes.
Ahora, en un intento desesperado (y descabellado) sus asesores lanzan un remedo de spot emulando algunos datos biográficos de Martin Luther King (activista por los derechos civiles de los afroestadounidenses) pretendiendo compararlo nada más y nada menos que con el plagiario candidato peruano. Habría que recordarle a Acuña que Luther King luchó hasta la muerte por los derechos de una minoría en su país, cosa que evidentemente sus correligionarios como Rosas y Lay, con tendencia radicalmente evangélica, no harían con la comunidad LGTBIQ de nuestro país, por ejemplo.
Seguramente habrá algunos que concuerden con su visión del éxito: aquellos que consideran que tener mucha plata es sinónimo de ser exitoso. Sin embargo, la honestidad e integridad, difícilmente tienen un precio en billetes.
Este es el último llamado a la honestidad que a un plagiario se le puede hacer.

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