La columna del editor

«Entre los pecados y vicios de las buenas letras —escribe Juan Montalvo—, el peor, a los ojos de los humanistas hombres de bien, es, sin duda, el que llamamos plagio o robo de pensamientos y discursos.»
Sin embargo, la literatura está llena de plagiarios, algunos confesos y defensores de esta maña, como Montaigne, Corneille, Dumas (padre), Campoamor, Valera, el Conde de Lautréamont. Otros, acusados con razón, como «Clarín», Valle-Inclán, Neruda, Bryce; y otros sin ella (o al menos no de forma tan convincente), como Fitzgerald, Cela, Fuentes, García Márquez.
«¿Qué, quieren una originalidad absoluta? No existe. Ni en arte ni en nada —escribe Ernesto Sabato—. Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza.» Todo es, pues, híbrido en literatura.
La autenticidad de un escritor no consiste en desligarse de maestros, normas y modelos, sino, como dice Vargas Llosa, «en aceptar sus propios demonios y en servirlos a la medida de sus fuerzas», es decir, en escribir sobre temas que nacen de lo más profundo de su ser y llegan a su conciencia con carácter de necesidad.
Y es que, como escribió Montalvo, «la imaginación es la memoria, la memoria tergiversada de tal modo, que no se conoce ella misma».
Pero hay plagios que no tienen que ver con nada de lo dicho anteriormente. No son ideas reformuladas, imágenes o asuntos prestados, tampoco un estilo ajeno trastocado, sino textos copiados casi fielmente.
Los casos más representativos son el del peruano Alfredo Bryce, el español Luis Racionero y el argentino Jorge Bucay. El primero firmó artículos que no eran suyos; cambió ciertas palabras, puso adjetivos, sustantivos o adverbios y eliminó algunos términos y signos de puntuación. Con lo que la versión de Bryce, de que su secretaria envió por error artículos ajenos, se cae por su propio peso.
El libro Atenas de Pericles, de Luis Racionero, contenía varias páginas copiadas literalmente del libro El legado de Grecia, de Gilbert Murray, y en Shimriti, de Jorge Bucay, se reproducen íntegramente más de 50 páginas del libro La sabiduría recobrada, de Mónica Caballé. El español defendió el derecho de todo escritor a la intertextualidad, y el argentino dijo que se olvidó de poner las comillas.
A este grupo pertenecería César Acuña si fuese escritor.

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