La columna del editor

¡Toledo, tantas veces Toledo! Ayer tenía que presentar a sus candidatos al Congreso por Arequipa, pero el evento se canceló, dicen, porque la altura había afectado su salud. Pero la verdad sería otra.
Muy temprano salió al aire en RPP Noticias con una dicción propia de un borracho. Su voz era gelatinosa, algunas sílabas las estiraba innecesariamente, iban de acá para allá. Las palabras que salían de su boca eran ininteligibles y la sintaxis parecía de otro idioma. Algunos vocablos sonaban fuertes; otros bajos, como si en ese preciso momento se estaría quedando dormido.
Toledo se comió sílabas luego de, al parecer, beber como descosido. Y pongo “parece” no porque haya la posibilidad de que esto no sea cierto, sino porque no hay cómo probarlo.
Raúl Vargas le preguntó a Toledo cómo le iba en el sur, donde estaba haciendo campaña proselitista. El líder de Perú Posible respondió: “Raúl, acabamos de venir de Tacna, Moquegua, y ha sido (parece que hace “¡hip!”) una recepción extraordinaria. Fuimos al hito número 1, yo sé que no era el lugar más propicio para hacerlo, pero lo hicimos por una razón de convicción de la peruanidad. A Dios gracias lo hicimos sin ninguna (parece que hace “¡hip!”)…”. El periodista, asombrado con los malabares que Toledo hacía con las palabras, lo interrumpió, dijo que la señal telefónica no era buena y mandó a comerciales.

Toledo es así. Siempre fue así. Parece que su relación con el licor es muy seria, más de la que lleva con la política, a la que tantas veces llevó a un nivel excrementicio.

Si hasta aquí hemos juzgamos a Toledo solo por su voz y lucidez, ahora lo haremos por su imagen y olor. Los periodistas arequipeños esperaban al expresidente en la puerta del hotel Tierra Sur, donde pasó la noche. Cuando salió, tarde, sus ojos parecían de pescado guardado. No quiso hablar, pero ante la insistencia de los hombres de prensa, lo hizo. El tufillo a licor, entonces, cundió en el ambiente. “Señor Toledo, está usted borracho?”, le preguntaron. La respuesta del chakano fue arremeter contra la prensa, como años atrás hizo su hermano Luis. Puso cara de agredido, empujó y golpeó unos micrófonos, y si no llegó a más fue porque su seguridad se lo impidió.
Toledo es así. Siempre fue así. Parece que su relación con el licor es muy seria, más de la que lleva con la política, a la que tantas veces llevó a un nivel excrementicio. Hoy seguramente dirá que es mentira, que él nunca estuvo borracho, y acusará a sus contrincantes políticos de una campaña en su contra. ¿Pero qué credibilidad puede tener alguien que llegó a negarse a sí mismo, haciéndose pasar por otro? De esto sí no hay duda: Toledo es un mentiroso.

El Abasto

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