CERCADO. Una tumba sin flores es la metáfora perfecta del olvido. En un rincón del pabellón Santa Rita del cementerio de La Apacheta, en medio de arbustos y nichos abandonados, se encuentra un mausoleo de mármol que guarda los restos de diez mártires que hace mucho no son visitados. Un par de floreros con agua empozada es el único tributo que han recibido estos ciudadanos que murieron abaleados por la policía militar un 30 de enero de 1915. Ese día, en las calles de Arequipa, se produjo una movilización para protestar en contra del aumento de impuestos que había decretado el Gobierno central.
Por esos días, el Perú sufría los estragos de la Primera Guerra Mundial y los políticos en la capital buscaban aplacar la crisis económica gravando los sueldos de los empleados, el costo de los alimentos y artículos de primera necesidad. La mañana del sábado 30 de enero los comerciantes, empresarios, industriales y obreros de la ciudad convocaron a una marcha pacífica que terminó, durante la tarde, en un baño de sangre frente al local de la Prefectura, ubicado en la segunda cuadra de la calle San Francisco.

Portada del diario El Pueblo publicada el día después de la matanza.

Portada del diario El Pueblo publicada el día después de la matanza.

Aunque esta matanza de civiles representó la génesis del regionalismo contemporáneo en Arequipa y el inicio de discusiones descentralistas en el sur del país, en nuestros días este hecho histórico pasa desapercibido. El año pasado, cuando la ciudad se preparaba para celebrar el bicentenario de la gesta heroica de Mariano Melgar, las tumbas de los mártires del 30 de enero no recibieron ningún homenaje al cumplirse un siglo de las protestas. Este año nuevamente la matanza fue olvidada por las autoridades. No se organizó ninguna ceremonia conmemorativa ni se colocaron arreglos florales en memoria de las víctimas.
Por estos días, el único deudo de los mártires parece ser el historiador Enrique Ramírez, quien hace tres años investiga en archivos periodísticos los sucesos que dieron paso a esta protesta. Hace un año, publicó sus avances en un artículo titulado “La matanza olvidada: el nacimiento del regionalismo en Arequipa”. Esta mañana de febrero Ramírez me cita frente al mausoleo de mármol para contarme lo que pasó hace 101 años.
PROTESTA CIUDADANA
Días antes de la marcha del 30 de enero se convocó por los periódicos a la población para que reclame por sus derechos. Según Ramírez, se trató de una protesta popular ya que participaron diversos estratos de la sociedad.
En la primera página del diario El Pueblo del 29 de enero de 1915 se ve la pluralidad en la convocatoria. El aviso que anunciaba la hora (3:30 p.m.) y lugar de reunión (boulevard Parra) estaba firmado por la Sociedad de Comerciantes e Industriales (un ente paralelo a la Cámara de Comercio), los Obreros Católicos, la Sociedad de Empleados del Ferrocarril, la Cooperativa Obrera y Caja de Ahorros, entre otros gremios sociales.

Miles de personas acompañaron los féretros de las víctimas rumbo al cementerio. En las fotos se ve el cortejo fúnebre por la calle Mercaderes y a la salida del hospital Goyeneche.

Miles de personas acompañaron los féretros de las víctimas rumbo al cementerio. En las fotos se ve el cortejo fúnebre por la calle Mercaderes y a la salida del hospital Goyeneche.

De acuerdo a las crónicas publicadas en los diarios, luego de que los protestantes se reunieron ese sábado, los comercios, talleres, fábricas y oficinas del centro se cerraron como una señal de apoyo. Desde el boulevard Parra, la población empezó a avanzar por la calle La Merced rumbo a la Plaza de Armas, acompañados por un grupo de gendarmes a caballo y soldados con rifles. Frente al atrio de la Catedral se leyó un memorial en el que se le pedía al Congreso rechazar los nuevos tributos para no perjudicar a los pueblos del sur. Luego de eso, los manifestantes se dirigieron al local de la Prefectura para dejar el documento. El prefecto J.M. Rodríguez del Riego ordenó dispersar a la protesta pero los militares empezaron a disparar contra la gente. “El pueblo indefenso atacado (…) huyó atropelladamente, buscando refugio en las casas y calles vecinas”, relata el cronista de El Pueblo.
El saldo de la violenta arremetida fue diez muertos y catorce heridos. La masacre motivó, durante los meses posteriores, avisos de protesta y editoriales furibundas contra las autoridades locales. Incluso en las cámaras de senadores y diputados se desarrollaron discusiones respecto al tema. El pueblo arequipeño estaba tan indignado que el día del sepelio de las víctimas miles de personas acompañaron a los féretros rumbo a La Apacheta. Sin embargo, ahora nadie los recuerda. “Nos vanagloriamos de ser un pueblo contestatario pero nos olvidamos de quiénes simbolizan nuestra identidad como ciudadanos”, dice Ramírez mientras acaricia el mausoleo. Arriba de sus dedos se puede leer una inscripción tallada en el mármol que más parece una broma pesada para las nuevas generaciones: “Murieron por ejercer un derecho… Vivan en la inmortalidad”.

 

Texto: Jorge Malpartida Tabuchi
jmalpartida@editoramultimedios.pe

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