Puccini llegó a mi vida envuelto en un retazo de franela almidonada donde gemía de frío y tristeza. Me lo regaló Angélica María, una amiga de la universidad a quien rogué varios días por el cachorro. Lo había separado de su madre con dos meses apenas, pero al poco tiempo de llevarlo al cuarto donde vivía, Puccini me dejó en claro que sería un bravucón consagrado: destrozó a dentelladas la almohada de mi cama, mordisqueó sin escrúpulos los geranios de mis maceteros y se apoderó de mis zapatos para foguearse en el oficio de la destrucción despiadada.
Era tan pequeño que cabía en la palma de mi mano y dormía plácidamente en una caja de zapatos junto a su biberón con leche y los retazos de mis cosas, que secuestraba a su antojo cada día. Yo temía que me extrañara y llorara cuando salía a trabajar como mesero de eventos por la noche. Incluso me ilusioné pensando que me recibiría frenético, meneando su colita de carnero, apabullándome a lengüetazos. Pero eso nunca ocurrió. Por el contrario, cada vez que volvía a mi cuarto por la madrugada, Puccini seguía durmiendo placidamente, indiferente a los mimos que le hacía. Aprendió a ladrar durante mi ausencia. Y me lo demostró en una de esas madrugadas cuando al abrir la puerta se cuadró frente a mí con sus ojitos de aceituna inyectados de rabia, en posición de alerta, desconfiado.

PUCCHINI

Pucchini

-Pucho, ya regresé amiguito ¿seguro estás de hambre no?- le dije inclinándome para acariciarlo, pero Puccini frunció el ceño, me amenazó con sus colmillitos minúsculos y estrenó su ladrido desafiante, acusador. Cuando se cansó de rezongar se fue a su caja de zapatos mirándome de reojo, siempre alerta, vigilándome, satisfecho por su proeza.
Con los días comprendí que aquel compañero de habitación era un manipulador descarado: lloraba cuando quería que lo cargue, gruñía si se cansaba de mis caricias, me mordía cuando ansiaba su mamila y caminaba con su estampa de presumido cuando pretendía que lo saque a pasear al parque. En fin, aunque todo en él era ternura, Puccini nunca fue un cachorro complaciente conmigo.
El verano de 2009 viajé a Yauca con Puccini en mi mochila. El cachorro se la pasó mirando todo el camino por la ventana y cuando el bus pasó cerca al mar sobrecogedor de la costa, Puccini lloriqueo sin consuelo, aulló de pena y por fin me lamió la cara con ansias infinitas, como disculpándose por los desplantes que me hizo siempre.
Se lo regalé a mi madre, con quien congenió desde que lo cargó para mimarlo cuando se lo enseñé. Pero cuando iba a regresarme, Puccini mordió la mochila donde lo llevé y la arrastró hasta mis pies lloriqueando de pavor, aferrándose a mí. Aunque me dolió dejarlo, mi perrito no volvió conmigo. Días después mi madre me llamó para contármelo: Puccini había muerto de pena. Amaneció junto a la puerta de la casa de mamá, con sus ojitos de aceituna llenos de lágrimas, intentando abrir la puerta con sus colmillitos minúsculos para salir a buscarme, como lo hacía desde el día que lo dejé.

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