Inseguridad, corrupción, ineptitud, desorden, irresponsabilidad, abuso e irrespeto son todos problemas que se atraviesan en el llamado tercer mundo. Pero ¿es lícito hablar de un tercer mundo? En los últimos años se ha criticado esta forma de clasificar, se ha dicho que resulta denigrante e injusta, se dice que solo hay un mundo, que la naturaleza del planeta está dispuesta para todos. No hay un “tipo de mundo” para un “tipo de humanos”, ni otro totalmente inferior y distinto para otros. Según los intelectuales que revisaron esta forma de denominación, se trataba de un uso del lenguaje injusto y denigrante.
Y claro, nuestros queridos intelectuales no dejan de tener razón: es un uso denigrante e injusto. Sin embargo, en esta ocasión, algo me hace sospechar que podría tratarse de un uso meramente representativo. ¿Qué más denigrante e injusto que nuestra propia sociedad? Que vivamos en una ciudad sucia, desordenada, insegura y sin las condiciones mínimas de respeto hacia nuestra humanidad, lo evidencian.
¿Cómo es posible que estemos tantos días sin un servicio tan fundamental como el agua? ¿Cómo es posible que seamos tan negligentes con nosotros mismos? La verdadera denigración e injusticia parte de nosotros. Somos el tercer mundo y seguiremos siendo el tercer mundo hasta que no aprendamos a valorarnos y a respetarnos como sociedad, como país.
Valorarse y respetarse no es solo una frase bonita o una idea simple. Supone pensar nuestros actos en beneficio de nosotros mismos, como individuos y como sociedad. Hacer cumplir las leyes de tránsito, realizar las obras de construcción de forma adecuada, construir un buen sistema de drenaje, evitar la proliferación de perros callejeros, etc., etc., son maneras de respetarnos y de valorarnos como sociedad. Debemos entender, por ejemplo, que si respetamos las leyes de tránsito seremos una ciudad más ordenada y menos caótica. Siempre se trata de nosotros.

 

“¿Cómo es posible que estemos tantos
días sin un servicio tan fundamental
como el agua?”

Lo que está pasando en Arequipa en los últimos días nos hace ver y ser un país del tercer mundo. No es aceptable que tengamos que vivir de una manera tan precaria, eso es algo que viola de manera flagrante nuestros derechos humanos (nadie debe vivir de forma insalubre). Decir que la culpa es del clima o tratar de responsabilizar a la naturaleza es una excusa. Culpar simplemente a las autoridades es una alternativa fácil. Las autoridades nos representan, nosotros las hemos elegido para eso, ¿cómo creer que de un grupo de amarillos salga un alcalde verde a gobernar?
Mientras no seamos conscientes de ello y hagamos algo por cambiar las cosas, seguiremos siendo un país del tercer mundo. Salgamos de la precariedad, no permitamos que las cosas sigan siendo así. Nos hemos acostumbrado tanto a la caos, a la inseguridad y a todos los problemas que pensamos que es “normal”. ¡Despertemos! Merecemos una vida más digna y mucho más aceptable. Hagamos algo por alcanzarla.

El Abasto
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