Éramos unos adolescentes imberbes -con 15 o 16 años a lo mucho- y teníamos que elegir al alcalde del colegio mediante unos comicios internos. Un estudiante, un voto. Cumplir con ese deber cívico a tan temprana edad podría ser considerada como una muestra precoz de civismo y responsabilidad ciudadana, pero en realidad, cuando un grupete de irresponsables se pone a jugar a las elecciones los resultados son lamentables.
Las reglas eran simples como en el mundo de los adultos: los alumnos de quinto de media armarían listas con un alcalde y regidores que representarían a cada salón de secundaria. Ganaría aquel que obtuviera la mayoría de votos. En teoría, comentaban los profesores, debía imponerse quien tuviera las mejores propuestas. Pero como en toda democracia precaria, si los electores no están educados –o al menos informados– se le termina dando poder a quien no está capacitado para ejercerlo. Y eso fue lo que pasó durante esa campaña.
La primera lista la lideraba Rosita, una alumna aplicada, responsable, deportista y con planes concretos y muy bien sustentados para mejorar el funcionamiento de la escuela. La otra opción parecía una joda: César “El Checho”, el amigo palomilla que aprobaba a las justas los cursos, también quería gobernar.
Durante el debate de los candidatos, Rosita sustentó sus actividades de recaudación de fondos para implementar la biblioteca, los laboratorios de ciencias, y mejorar la infraestructura deportiva del colegio. En cambio, “El Checho” solo ofrecía dos cosas. Primero, que la salchipapa –ese potaje que había sido vetado en los quioscos porque ponía en riesgo nuestra salud– volvería a venderse durante los recreos. Y, segundo –si lo elegían–, gestionaría pantallas gigantes para ver los partidos del Mundial de Alemania 2006 en horarios de clases. Luego de escuchar eso, el auditorio lo ovacionó. Pan y circo, señores.
Indudablemente, “El Checho” arrasó en las ánforas. Como en el mundo de los adultos, el populismo le ganó a la mejor opción. Las ganas de hacer chongo se impusieron sobre las propuestas serias. Y así, los problemas del Perú se replicaron en los salones de clases de un colegio privado.
Durante su gestión de un año, el alcalde electo cumplió con sus promesas: todos los viernes se vendían salchipapas y disfrutamos de los goles del Mundial hasta cuartos de final, cuando quedó fuera del certamen el último equipo sudamericano. El pueblo estaba contento y el caudillo mantuvo su popularidad. Felizmente, el PCP (Partido Chechista Peruano) no tuvo herederos. Sin ideología ni identidad definida, esa aventura política nació y murió con su líder. Este relato podría quedarse como el recuerdo de una palomillada escolar, pero hay algo que me perturba. Todos los que eligieron en ese entonces a “El Checho” ahora tienen edad para votar.

 

 

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