CERCADO. Arequipa es un oasis en medio del desierto gracias a las culturas prehispánicas que dominaron la accidentada geografía del valle que atraviesa el río Chili. Los primeros habitantes de esta árida región construyeron durante siglos acequias y canales de regadío para instalar sus cultivos a lo largo de las laderas. Las rondas de agua y los desvíos de las torrenteras fueron creando poco a poco la fértil campiña que hoy caracteriza a la ciudad.
Cuando los conquistadores españoles llegaron en 1540 al valle se encontraron con el sistema hídrico y la andenería de las culturas prehispánicas. Los exploradores se dieron cuenta que era posible asentarse al pie de una cadena de volcanes si se aprovechaba la tecnología agrícola de las aldeas incas. Así, el damero colonial que dio forma a las manzanas del Centro Histórico de Arequipa se sustentó en la infraestructura de riego indígena. Los ingenieros europeos modernizaron los antiguos canales de madera y crearon acueductos de piedra para irrigar los pagos (parcelas) de la nueva ciudad.
Con el paso de los siglos, el aporte indígena en el trazado de la ciudad fue desapareciendo. Los templos de sillar y las casonas con techos abovedados ocultaron la memoria de los primeros pueblos que permitieron que la vida se desarrollara en esta villa. Para prevenir este olvido, el arquitecto William Palomino, docente universitario y apasionado restaurador del patrimonio cultural de Arequipa, viene identificando los vestigios de los sistemas de riego prehispánicos que aún sobreviven en el Cercado y otros distritos.
Por ejemplo, a lo largo de la torrentera de San Lázaro pueden apreciarse una serie de canales coloniales que siguen el trazo de las acequias edificadas por los yarabayas, yanahuaras y collaguas. Al lado del templo de San Lázaro sobrevive el acueducto del mismo nombre. La actual construcción data del siglo XIX y antaño desembocaba en las callejuelas que dan hacia la plaza de Campo Redondo. Según Palomino, esos pasajes tienen un diseño sinuoso debido a que siglos atrás eran rondas de agua que permitían regar las chacras y huertos aledaños.
Seguimos avanzando por la avenida Juan de la Torre y encontramos empotrado en la torrentera al acueducto de Santa Rosa. La estructura en forma de arco romano está intacta y sigue funcionando, aunque actualmente está oculta entre la maleza. La versión española fue construida en el siglo XVIII y regaba las chacras que se encontraban en la zona sur de la ciudad.
Otro acueducto que sigue funcionando es el de El Filtro, a espaldas del colegio Arequipa, que en 2005 fue restaurado por la comuna provincial. Las aguas de esta acequia recorren el distrito de Miraflores y llegan hasta la avenida Venezuela. Pese a su valor patrimonial, ninguna de estas construcciones son monumentos declarados o cuentan con la protección del Ministerio de Cultura. El coordinador de planificación de la Gerencia de Centro Histórico, Julio Aspilcueta, indica que también debe valorarse el diseño agrícola de los indígenas dentro de la conformación del área que es considerada patrimonio de la humanidad. “La adaptación del territorio que hicieron los indígenas también es un producto cultural. Sus terrazas, canales y acueductos son un testimonio de cómo transformaron las tierras áridas en chacras productivas”, dice el especialista.
Fuera del centro también hay rastros de los canales prehispánicos. En la tercera cuadra de la avenida Alfonso Ugarte puede verse el acueducto de La Pólvora, que todavía sigue operativo. En esta zona también se encuentra el puente de Isuchaca, construido en el siglo XVIII y que, pese a su valor histórico, es vulnerable a cualquier modificación ya que no ha sido declarado como monumento histórico.
En el sector de Cerro Viejo (distrito de Cerro Colorado), en la torrentera del Chullo, también resiste un antiguo canal de piedra. Este acueducto aún es utilizado por la junta de usuarios de la zona pero corre riesgo de desaparecer si es que la quebrada se vuelve a inundar durante la temporada de lluvias. El viernes pasado, a unas cuadras de ahí, el torrente de lodo carcomió las bases de una vivienda de dos pisos. Por suerte este acueducto prehispánico soportó el huaico y, por ahora, sigue regando los cultivos tierras abajo.

Texto: Jorge Malpartida Tabuchi
jmalpartida@editoramultimedios.pe

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