Hace unos días, nuevas encuestas salieron a la luz. Elaboradas por GFK y a pedido de “La República” y Latina, los nuevos muestreos colocan a Guzmán y a Barnechea con mayores puntajes (16,6% y 5,1%, respectivamente), y a un Acuña derrotado, cayendo dramáticamente en la preferencia del público (ahora solo cuenta con un 3%). De la misma manera, se ensaya un posible escenario electoral sin Acuña y sin Guzmán (esto último debido a la probabilidad de que el JNE tache sus candidaturas). En tal situación, el puntaje se repartiría entre varios candidatos, siendo el más favorecido PPK, que subiría al segundo lugar. Como siempre, Keiko, en todos los escenarios, aparece en un primer lugar “imperturbable”.
El tiempo se acorta y los votantes deben empezar a definir mejor sus preferencias. La ONPE promueve con ahínco el “Voto Informado”. Las campañas se tornan más agresivas, las propagandas proliferan. Va llegando el tiempo de poner las barbas en remojo. En tal situación, aparecen más y más encuestas.
Sin embargo, nadie se ha puesto a pensar en la influencia que las encuestas tienen en el elector. Estudios han demostrado que a un gran porcentaje del electorado no le gusta votar por quien se proyecta como perdedor, pues detestan sentir que han dado un “voto perdido”. Por tal razón, muchos electores procuran alinear sus preferencias hacia los candidatos que tienen mayores porcentajes; ya no se trata de sus verdaderas preferencias, sino de escoger entre alguno de los dos primeros que se acerque un poco más a lo que ellos quisieran. Así cambiamos, de la noche a la mañana, la democracia por “encuestocracia”.
Las acusaciones que se han hecho contra las encuestadoras de querer manipular la información son demasiadas. Algunos candidatos incluso han salido a protestar y a denunciar que todo se trataría de una mafia. Los críticos han dicho que la forma de plantear las preguntas o las respuestas altera las respuestas de los encuestados. Todas resultan acusaciones aceptables y comprensibles. Pero lo cierto es que las encuestas siguen saliendo y la población las sigue tomando en cuenta.
Y ese es, querido lector y elector, precisamente el problema. Está usted dejando que el terreno de las especulaciones y de los supuestos se imponga al de la realidad. Las encuestas son simulacros, nunca la situación real o final. Es por eso que se hacen tan seguido y tantas veces. Lo que usted debe hacer es dejar de pensar tanto en las encuestas y ponerse a pensar más en las opciones. No se deje manipular por las estadísticas y elija la opción que le parezca la mejor. No olvide que “mal de muchos es consuelo de tontos”.
Finalmente, recuerde que las encuestas, sobre todo en esta campaña, han cambiado muchas veces y de forma notable. Nada está definido. Cualquiera de los encuestados podría cambiar su voto en cualquier momento. El grueso de la población está todavía en lo que todos llaman “voto golondrino”, es decir que van de un lado a otro. Piense en las encuestas de esa misma manera, como “golondrinas que van y vienen”. Pero ya es suficiente de dudas, deje usted de ser tan cambiante y empiece a elegir a su candidato sin importar qué lugar tenga en las preferencias.

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