La columna del editor

“De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Este es el refrán que mejor le calza a Verónika Mendoza. Tiene ideas muy bien intencionadas, pero catastróficas si las llevamos a la práctica. Y no es tanto ella, sino el sistema en el que cree: el socialismo.
Expliquémoslo con dibujitos. Los socialistas creen poder traer el Paraíso a la Tierra. Sueñan con un mundo donde todos sean iguales, donde no haya pobres ni ricos, y con un padre todopoderoso que vele por que esto se mantenga en el tiempo. En política, esto es apostar por un Estado proteccionista y asistencialista, que esté más preocupado en subsidiar a los pobres que en incentivar la inversión privada, que genera millones de puestos de trabajo y, por lo tanto, bienestar, sin comprometer el erario público.

“No se debe imponer nada, ni siquiera el bien. Todo lo que atente contra la libertad, por más buenas que sean las intenciones, es nefasto.”

 

Para ellos, en el mundo hay pobres porque hay ricos. La fortuna de unos es la pobreza de otros. Piensan que la riqueza es un todo fijo y mensurable, por lo que si unos tienen más, los otros tendrán menos, hagan lo que hagan. Entonces, proponen cambiar el sistema, equilibrar la situación, partir la torta por igual. En política, esto es expropiar y nacionalizar empresas, para los socialistas más contumaces, o direccionar la inversión privada hacia sectores que se estiman prioritarios y estratégicos, en desmedro de otros, para los socialistas menos ortodoxos. En cualquiera de estos dos escenarios, crean entidades estatales para manejar o controlar el empresariado a su antojo. Esto origina la huida de la inversión privada y un mayor gasto estatal: nace una vaca que no tendrá qué comer pero que deberá amamantar a millones. El Estado se burocratiza, se corrompe y se empobrece. Miren a Venezuela.
No se debe imponer nada, ni siquiera el bien. Todo lo que atente contra la libertad, por más buenas que sean las intenciones, es nefasto. Un Estado intervencionista linda con el totalitarismo, y yo prefiero ser pobre libre que “rico” con cadenas. Lo único que tiene que hacer el Estado es garantizar iguales condiciones de competencia, nada más.
Verónika Mendoza me parece una mujer valiente, de principios, con una moral casi intachable (¿quién es perfecto?), consecuente con sus ideas y llena de buenas intenciones, lo que es raro en la política peruana. Yo le reprocho su idealismo, su anacronismo, el no haber asimilado las enseñanzas de la Historia y no darse cuenta por dónde suena la campanilla del desarrollo. Además, se ha rodeado de caviares, seudoecologistas, antimineros, “oenegeros”, prosenderistas y exemerretistas que seguramente le saltarán al cuello cuando, al estrellarse contra la realidad, muestre un mínimo de prudencia una vez llegue al poder.

Yura

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