La columna del editor

Manuel González Prada utilizó una bonita metáfora para justificar la existencia del periodismo. En su libro Horas de lucha escribió: “Aunque se juzgue vulgar la comparación, el periodismo guarda semejanza con el alumbrado público: suprimamos el petróleo, el gas o la luz eléctrica, y las ciudades más civilizadas se transformarán en bosques de bandidos; eliminemos los diarios, y en las naciones más libres surgirán los tiranos más inicuos y más abominables.”
El escrito tiene más de 100 años, pero toca el tema con una actualidad de noticia. Entre más nos distanciamos de la época de González Prada, más corruptos nos volvemos. Por lo que si antes se comparaba al periodismo con el alumbrado público, ahora podemos hacerlo con la Policía.
El periodismo se ha vuelto una fuerza que garantiza el orden público, es decir, el normal funcionamiento de las instituciones públicas y privadas, y el libre ejercicio de los derechos fundamentales de las personas. Si desapareciera la prensa, el ejercicio público se volvería un festín, un banquete de proporciones palaciegas, y viviríamos bajo la ley del más fuerte.
¿Se imaginan a los delincuentes denunciando a policías porque estos los miraron mal, les apretaron mucho el brazo o les dijeron groserías al momento de detenerlos? Sería absurdo. Este es el costo de una intervención. La situación obliga a actuar así.

 

Si desapareciera la prensa, el ejercicio público se volvería un festín, un banquete de proporciones palaciegas, y viviríamos bajo la ley del más fuerte.

 

En el caso de los periodistas, sin embargo, basta con tomar el nombre de un personaje cuya buena reputación se pone en duda, para que este inmediatamente nos envíe una carta notarial, en el mejor de los casos, o nos denuncie penalmente. De nada sirve que en la nota publicada se hable de hipótesis y que esta se haya construido sobre la base de sólidos argumentos. Para el periodista, este es el costo de hacer investigación, de mantener encendido el alumbrado público, y así, pasamos de cumplir una labor casi policial a otra “delictiva”.
Nos sientan entonces en el banquillo de los acusados, y no por haberlos hecho declarar a empujones o haberles mentado la madre, sino, simplemente, por haber publicado algo que no les gusta (“Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”, dijo o escribió George Orwell). En el periodismo -a diferencia de lo que sucede en la Policía-, el costo de la intervención lo pagamos nosotros, no los “detenidos”. Zenaida Condori y Julio Ancalle ahora lo saben muy bien. Mi solidaridad con ellos.

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