Disculpe amigo candidato al Congreso pero no necesito más cajas de fósforos en mi casa. Tampoco quiero que me regale un gorro o un polo de algodón con su rostro estampado. Mire que ya estoy cansado de ver su cacharro todos los días en las bambalinas y afiches que ha pegado sin permiso en los postes de luz y paredes de la ciudad. Es más, no me entregue volantes, afiches o trifoliados con sus promesas de campaña: ya sé que no las cumplirá y las calles de Arequipa ya están lo suficientemente sucias como para añadir también a la ruma de desechos que rondan por el piso su papelería recién sacada de la imprenta.
Sus llaveros con destapador incluido pueden ser útiles, pero no creo que vaya a darle mi voto solo porque quiere facilitarme mis próximas borracheras. Cuando tenga que abrir una botella con ese adminículo que me entregó alguno de sus simpatizantes, lo último que tendré en mente será su número en la lista de postulantes al Parlamento. Espero que no se ofenda porque rechazo sus dádivas, pero mi voto no tiene precio. O al menos, las posibilidades de que se lo entregue no dependerán de la plata que esté invirtiendo en canastas con víveres o electrodomésticos. Mejor ahórrese ese dinero e inviértalo en un publicista más creativo porque esos eslóganes y frases hechas que coloca en su propaganda no me convencen.

Espero que no se ofenda porque rechazo sus dádivas, pero mi voto no tiene precio.

 

Desde sus cartelones hay candidatos que me piden que nunca choque con ellos. ¿Qué es eso? ¿Ahora se están burlando de mí porque todavía no aprendo a manejar mi carro? ¿O es que los Autobots ya pueden votar en Perú? Hay otros que me dicen desde una gigantografía que ellos “sí saben trabajar”, pero no creo que eso sea tan cierto si es que su objetivo es ingresar al Congreso. ¿Desde cuándo el político que ocupa una curul es el arquetipo del peruano chambeador?
Hay otros postulantes que me ofrecen seguridad, prosperidad, experiencia, responsabilidad y otras tantas ideas vacías que más parecen el listado de valores del curso de Educación Cívica que las propuestas de un congresista serio.
Al menos, entre tanto ruido electoral, el otro día descubrí en una calle olvidada del Cercado la publicidad de un político honesto. Desde un cartel huachafo, el deslenguado filósofo José Lora Cam me pedía mi voto porque aseguraba ser el “terror de los corruptos”. Me lo decía en serio, con su rostro photoshopeado sobre el cuerpo de un boxeador musculoso que portaba dos enormes guantes. Su ring de box iba a ser el hemiciclo, pero el JNE declaró improcedente su candidatura. Aunque no comparta sus ideas radicales, al menos estoy convencido de que el incendiario Lora Cam no me estaba mintiendo. Si conseguía los votos suficientes para ser parlamentario, de seguro iba a cumplir su promesa de convertir el Congreso en un circo más ridículo de lo que ya es.

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