La columna del editor

Hay quienes dicen que hemos desperdiciado la oportunidad de tener una presidenta de lujo como Verónika Mendoza, y que ya quieren ver cómo el país se va al demonio –con Fujimori o Kuczynski a la cabeza– para restregarnos en la cara nuestro craso error. ¡Fanáticos!
¿Qué tiene Mendoza que los fascina tanto? No es una deslumbrante oradora, no tiene una formación académica avasalladora, su trayectoria política se reduce a su regular paso por el Congreso, no es tecnócrata, su experiencia laboral es casi nula (revisen su hoja de vida). Es, pues, otro Humala, a quien la izquierda llevó al poder con el mismo cuento con que intentó llevar a Mendoza.
Dirán que “Vero” iba a acabar con este modelo económico que nos asfixia, impedir que las grandes tansnacionales sigan llevándose nuestras riquezas a cambio de nada, subir el sueldo mínimo, acabar con la corrupción, cambiar la Constitución para favorecer a los más pobres, crear una sociedad más justa e igualitaria. ¡Demagogia pura! Este discurso tiene siglos, pero nos sigue fascinando.
Los peruanos tenemos un gran trauma: la conquista. En nuestro inconsciente está la imagen de un inca siendo vampirizado por un español. La patria es una mujer desfallecida que se desangra luego de haber sido vejada. El saqueo y el abuso de los que fueron víctimas nuestros antepasados son como leucocitos que corren por nuestra sangre y nos hacen empresarialmente xenofóbicos. Por ello, una actividad extractiva como la minería, que encaja perfectamente con la imagen del despojo, toca nuestras fibras más íntimas y nos crispa. De esto siempre se ha aprovechado la izquierda.
La derecha también ya huele a rancio. Los votos obtenidos por Verónika Mendoza y Gregorio Santos son una severa llamada de atención. Hay que abrir las ventanas para airear el Estado. Un riguroso cuidado del medio ambiente y una mayor aportación de las grandes empresas a la economía nacional, por ejemplo, son pedidos legítimos. La derecha tiene ahora la oportunidad de demostrar que puede hacer lo que propone la izquierda, pero sin caer en extremos.
Otra cosa. Me piden que hable de Keiko Fujimori. Qué puedo decir. A Keiko quítenle el apellido paterno y pónganle el mío, que se llame Keiko Coaguila. ¿Qué queda? Nada. No le veo ningún mérito; quizás solo uno: volver a organizar el partido político que engendró uno de los gobiernos más corruptos del mundo.

Yura

Edición digita