La columna del editor

El presidente Ollanta Humala subestima al enemigo, y esto es peligroso. En 1980, un día antes de las elecciones presidenciales del 18 de mayo, un grupo de senderistas quemó ánforas y cédulas de votación en el pueblo ayacuchano de Chuschi. Este acto terrorista fue el inicio de una de las etapas más sangrientas de nuestra historia republicana, pero ni la prensa ni las autoridades le prestaron la debida atención. ¡Cuidado! Dicen que la Historia es cíclica, no lineal.
Sobre el atentado narcoterrorista del último sábado, que causó la muerte de 10 personas (8 militares y 2 civiles), el presidente Ollanta Humala ha dicho que “hoy en día el terrorismo no es una amenaza para el Estado”. ¡Cómo que no! ¡Han matado a 10 personas! ¿Quiere más?
El atentado ocurrido en el distrito de Santo Domingo de Acobamba, provincia de Huancayo, región Junín, no es un hecho aislado, es uno más de los muchos registrados en los últimos años (vea la línea de tiempo que aparece en la parte inferior de estas páginas). El narcoterrorismo, a costa de muerte y sangre, marca así su territorio. Es una forma de decir “Aquí mando yo, no lo olvides”.
Claro, para el Gobierno estos criminales forman parte de un grupo minúsculo, insignificante si lo comparamos con el de los años noventa, cosa que es cierta, y quizás por ello no le presta la debida importancia. Pero precisamente este detalle, el ser solo un puñado de vándalos, debe llamarnos poderosamente la atención. ¿Cómo es posible que todo un ejército no pueda contra, a lo mucho, un batallón de narcosenderistas? ¡En los últimos años, las Fuerzas Armadas han tenido más bajas que los narcoterroristas! Aquí hay pues una pésima política antisubversiva, y los principales responsables son los ministros de Defensa que tuvimos. Por ello, pedir la cabeza de Jakke Valakivi no es descabellado.
Un claro ejemplo de lo mal que se lucha contra el narcoterrorismo es justamente el atentado del último sábado. La Dirección de Inteligencia de la Policía Nacional y otras tres instituciones advirtieron a los jefes militares del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y del Comando Especial del Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) sobre los planes terroristas, pero, a juzgar por lo sucedido, no se tomó ninguna precaución, y si se tomó, pues fue pésima. ¿Cómo es posible que se sepa que va a ocurrir un atentado y nadie lo pueda evitar? Incluso Inteligencia señaló el distrito de Santo Domingo de Acobamba como una posible zona de ataque. ¿Qué mas querían, que les avisen la hora y el lugar exacto?
Aquí hay responsables, y el principal es el ministro de Defensa, Jakke Valakivi. Pedir su renuncia no es una locura.

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