CERCADO. La gente enferma que no conoces también te duele. Los sentimientos son inevitables ante el abandono y olvido en que viven muchas personas que no pueden valerse por sí mismas. Aún cuando no sabes ni sus nombres.
El bullicio en el hospital Honorio Delgado de Arequipa es comparable con el de un velatorio. Incesante murmullo, cabezas agachadas, caras demacradas, tristeza en todos los pasillos y un dolor que inunda el ambiente.
Y ante un movimiento de ingreso y salida de pacientes y familiares, hay muchos que solo esperan -en silencio- hundidos en sus camas o en sillas. Con un malestar que no ataca al cuerpo, con un dolor del alma.

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VIVIR EN EL HOSPITAL
En agosto, María Cañari Valencia cumplirá 4 años viviendo en el hospital. Ella misma ingresó a este nosocomio el 2012 por una afección respiratoria. Y desde entonces, vive allí, en el 2º piso, al final del pabellón de mujeres, cama 227-C.
Apenas puede caminar alrededor de su cama, porque depende de un balón de oxígeno para vivir. Padece una insuficiencia respiratoria crónica, consecuencia de una fibrosis pulmonar.
“Estoy sola. Tengo una hija, pero no me visita. Tampoco sé dónde vive mi media hermana, Rosa Elvira Cañari Valencia; pero a ella no la espero. Yo quiero que vengan mis otros hermanos, José Luis y Miguel Ángel”, clama.
El problema es que ambos viven en Paita (Piura) y ni siquiera la llegaron a conocer personalmente. “Yo tenía 31 años cuando me vine a vivir a Arequipa, cuando mi hijita acabó la secundaria. Pero luego de un tiempo, caí mal. Mi hija se fue, y no tengo a nadie”, cuenta María.
Como los últimos 3 años y 9 meses, todos los días se sienta a lado de su cama, a ver el marcador de su oxígeno y a esperar. Aunque pareciera que en el fondo sabe que nadie vendrá, ella espera, aún sin esperanza.
“Necesita medicinas que no cubre el SIS, como pomadas para escaldaduras, ibuprofeno y furosemida”, agrega Vilma Loayza, quien se hizo su amiga cuando visitaba a otros pacientes enfermos.
“Yo necesito esta semana mis medicinas, ya se me acaba lo que tengo”, exige María. Pero es un reclamo que no oye nadie. Vivía alquilada en un cuarto, en Cayma. Ahora vive dentro del hospital.

El 2013, Fidel Hilaquita fue internado por una fractura en la columna.

El 2013, Fidel Hilaquita fue internado por una fractura en la columna.

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SIN ESPOSA NI HIJOS
El último 5 de abril, don Fidel Hilaquita Quispe cumplió 52 años de edad. Nadie lo saludó. Se la pasó callado, en silencio, como lo hace desde octubre de 2013, cuando ingresó por Emergencia al hospital. “Yo trabajaba en construcción civil. Y me caí de un segundo piso, me fracturé la columna y por el golpe aquí llegué inconsciente. No hablaba”, cuenta.
Tenían que operarlo de inmediato, pero no tenía a ningún familiar a su lado cuando llegó al nosocomio. Nadie intercedió por él, nadie reclamó por su pronta atención. “Me han dicho que ahora ya no se puede operar, o quizá sí puedan operarme pero no me lo dicen porque debe ser muy costoso y no tengo dinero”, dice acongojado.
Don Fidel no tiene dinero, ni familia directa. Nunca se casó. No tuvo hijos. Tiene dos hermanos, Teófilo y Basilia, pero viven en Juliaca. “Una prima que vive en Hunter, Fidela Álvarez Hilaquita, me venía a ver. Pero hace mucho tiempo que ya no regresa”, dice, desde una silla, a lado de su cama 234-B, en la que pasa la mayor parte de sus días, solo, los últimos 3 años.

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SIN ESPERANZA
Hacía unas reparaciones en un muro de su casita en el Cono Norte, cuando resbaló y cayó sentado. Un dolor insoportable le traspasó el cuerpo. Anastasio Condori Lima se había fracturado el coxis. Sus vecinos lo trajeron al hospital pero no lo operaron. No pudo pagar la intervención. “Tengo un hijo, Leonardo Condori, pero me abandonó. A mi esposa se la llevó el Señor”, narra desde su cama 220-D.
Muestra los dientes, parece que sonríe, pero la mala alimentación y dolor han reducido su cuerpo y sus labios.
“Tengo 68 años. Soy de Andagua. Compraba y vendía ajo, me ganaba hasta 2 soles por kilo. Pero ahora, cuando me quiero parar, siento que me punza la pierna. Ando como borracho”, dice.
También promete que algún día se hará operar. Pero no sabe cómo. No tiene a nadie, excepto unos vecinos que a veces lo visitan.
Su ánimo se agota. Espera a un enfermero para que lo ayude con el aseo, pero no llega. Como tampoco llegan familiares que ya no están, que no existen o que no quieren saber nada de él, ni de María, ni de Fidel. La ausencia también duele y mata. Este hospital es como un velatorio, donde parece que muere la esperanza.

 

Texto: Christian D. García Puma
cgarcia@editoramultimedios.pe

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