La columna del editor

Hace poco más de un mes, un amigo, editor de una revista local, nos pidió que escribiésemos un artículo sobre la historia del libro en el Perú, justamente por celebrarse en esas fechas el Día Internacional del Libro. En honor a la verdad, por el poquísimo tiempo libre que nos oxigena, el escrito no hubiera tenido la calidad suficiente como para publicarse, así es que nos negamos amablemente. Sin embargo, sacando partido de la idea, nos pusimos a buscar información sobre el tema (pensando, claro, en esta columna), sobre todo acerca de la censura de libros, que es lo que, en lo que a la historia del libro se refiere, siempre nos ha llamado más la atención. Y en esta búsqueda encontramos El libro y la lectura en el Perú, de Danilo Sánchez Lihón, un trabajo cuyo título avivó nuestras expectativas, pero nada más.

 

Mientras la Iglesia acababa de abolir el Index, nosotros, ridículamente, quemábamos libros que circulaban libremente por países como Estados Unidos, Inglaterra, España, México, Argentina.

 

¿Ha habido censura de libros en el Perú? Por supuesto. Pero seguramente muchos vuelven sus ojos a la Colonia, vigilada por la Inquisición y normada editorialmente por el famoso Index, la lista negra de las obras prohibidas por la Iglesia Católica. No, señores, no vayamos tan atrás, que aquí nomás, hace ni siquiera medio siglo, se censuraron, requisaron y quemaron libros como cancha. ¿Y dice algo sobre esto el libro de Sánchez Lihón? No, nada. Un texto con un título así no puede pues obviar ello.
Lo que ni siquiera se hizo en la dictadura de Odría —aunque tampoco se puede decir que en ella hubo libertad irrestricta al comercio de libros— se llevó a cabo, inicialmente, en el segundo gobierno de Prado y, en toda su magnitud, en el primer gobierno constitucional ¡y democrático! de Belaunde.
Desde 1966 los libreros peruanos empezaron a padecer el retraso en la recepción de los paquetes de libros que venían del extranjero. Pero la demora era el mal menor, pues algunos lotes llegaban sin la cantidad original de títulos y otros simplemente desaparecían en el Correo de Lima, dependencia del gobierno. ¿Qué sucedía? Pues todos los libros pasaban por el filtro de una absurda censura. Libro considerado subversivo, disociador o simplemente peligroso iba a la hoguera.
Nunca en la historia del Perú se ha hecho algo tan nefando contra la cultura del libro: cientos de ejemplares se quemaron «por contener literatura comunista», según fuentes del propio gobierno. Mientras la Iglesia acababa de abolir el Index, nosotros, ridículamente, quemábamos libros que circulaban libremente por países como Estados Unidos, Inglaterra, España, México, Argentina.

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