El fútbol es el arte del engaño. Por eso, un pícaro como Diego Armando Maradona es uno de los ídolos de este deporte. El talento de Maradona para gambetear y amagar el balón le permitió confundir más de una vez a sus rivales en su camino hacia el arco contrario. Claro que Maradona también utilizó su habilidad para hacer trampa de vez en cuando. El gol con la mano que les hizo a los ingleses es el mejor ejemplo de su actitud transgresora. “Yo no la toqué, fue la mano de Dios”, respondió el D10S del balompié luego de ese partido de cuartos de final en el que fue eliminada la selección de Inglaterra fuera del Mundial de México 1986.
Aunque luego las repeticiones de la televisión demostraron que Maradona sí metió el balón dentro del arco con el puño izquierdo, sería insulso argumentar que el triunfo argentino no tuvo validez a causa de esa acción antirreglamentaria. ¿Debido a La Mano de Dios se le tendría que quitar la Copa del Mundo que ganó la selección albiceleste en el 86? Al final, el árbitro del partido consideró válida la jugada y, él, como juez supremo sobre el gramado, aunque esté equivocado, tenía la última palabra. Justo o no, así funciona el fútbol: como una suma de arbitrariedades.
Por eso, ahora que se discute que el triunfo de Perú ante Brasil en la Copa América Centenario está manchado porque el delantero Raúl Ruidíaz metió el gol con la ayuda de su mano derecha, sería bueno recordar que el fútbol no es una clase de moral, sino un juego en donde permanentemente se están improvisando ilusiones. Generalmente, estos trucos se hacen sin romper el reglamento, pero a veces, como en el caso de Maradona, el engaño se extiende más allá de lo permitido.
Cada fin de semana vemos en las ligas de todo el mundo a delanteros que simulan faltas inexistentes en el área chica; a defensas que lanzan codazos a sus rivales en el fragor de un tiro de esquina y a barreras de jugadores que se adelantan un centímetro por segundo con el fin de cerrarle el ángulo al ejecutor de un tiro libre. A veces el árbitro se da cuenta, otras veces no. Errar es humano.
En esta oportunidad en que el error arbitral (¡por fin!) es favorable a nuestra selección no creo que quienes celebran “la mano de la Pulga” estén haciendo una apología de la trampa y la pendejada. Tampoco es una demostración de su permisibilidad hacia la corrupción. Simplemente, comprenden la naturaleza del fútbol como un juego en donde todo es posible. Y en esa posibilidad radica la belleza de este deporte: nada está definido y no hay certezas. En el fútbol, David puede derrotar a Goliat; y Perú puede eliminar a Brasil de un torneo. Así que dejemos de renegar y de dárnosla de Aristóteles. Por unos días seamos felices con este triunfo. Celebremos con euforia porque tal vez, en el próximo partido, la suerte (o el engaño) puede estar del lado del oponente.

El Abasto

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