A Lionel Messi los hinchas lo lapidan porque no se parece a Diego Armando Maradona. ¿Pero cuántos de los que critican a “La Pulga” por Facebook —debido a que perdió su tercera final seguida capitaneando a la selección argentina— habrán visto en verdad jugar al D10S en su máximo esplendor?
Si Pelé fue el rey del fútbol en la época de la TV en blanco y negro, Maradona fue el astro que iluminó los tiempos de las telecomunicaciones analógicas. El gol a los ingleses y “La mano de Dios” en México 86 se reviven en la memoria con los colores del Betamax o, máximo, el VHS. Por eso, no entiendo cómo ahora hay tantos adolescentes y jóvenes que insultan a Messi y comparan sus recientes caídas con las hazañas de Maradona que nunca presenciaron.
A mi generación, esa de los veinteañeros que hacemos uso de nuestra conexión a Internet para escribir babosadas en las redes sociales, solo nos llegaron las noticias de un Maradona gordo, con piercings y que aspiraba polvo blanco. De sus gambetas y fintas, nada. En cambio, a Messi lo hemos visto desde que era un tímido canterano del Barcelona hasta que se convirtió en el mejor jugador de fútbol de nuestro tiempo. En poco más de una década, fuimos testigos de cómo se transformó en un genio del fútbol que bate récords cada fin de semana.

“Messi es el héroe de nuestra época, pero parece que aún no nos deja satisfechos”.

Con 29 años cumplidos Messi ha ganado cinco veces el Balón de Oro y en 644 partidos oficiales ha hecho 508 goles y 216 asistencias. Es decir, el 10 argentino genera un gol dentro de un partido cada 71 minutos. Además, con su club ha ganado ocho ligas de España, cuatro títulos de la Liga de Campeones y tres copas del Mundial de Clubes. Con su selección se llevó el Mundial Sub 20 y la medalla de oro en las Olimpiadas de Beijing 2008. Todavía le falta ganar una Copa Mundial de Fútbol, aunque esa carencia no es motivo para borrar todos sus méritos.
Messi es el héroe de nuestra época, pero parece que aún no nos deja satisfechos y lo seguimos comparando con ídolos pasados. Queremos a un caudillo que empuje en solitario a la victoria a su selección, a un pícaro que meta goles con la mano. Pero al frente solo tenemos a un superdotado que nunca finge una falta y que quiere seguir en control del balón hasta que pueda llegar al área del equipo contrario y anotar. Messi es un deportista fuera de serie que le ha devuelto al fútbol su esencia. Mientras que la mayoría de superestrellas del balompié hoy se la pasan calculando sus movimientos para que una lesión no afecte sus contratos de publicidad, a Messi solo le interesa jugar con la pelota y meter goles en el arco rival. Nada más.
Sin embargo, existen atrevidos que tildan a Messi de “pecho frío” y “cobarde” porque se han creído ese cuento de que los ganadores son solo aquellos que ocupan el primer lugar. Ser segundos no siempre es una derrota, pero en estas épocas vivimos pendientes de las caídas del prójimo para lapidarlo por Internet. El fracaso de alguien infalible es el mejor consuelo para quienes son conscientes de sus limitaciones. En tiempos tan mezquinos, Messi, pese a la inmensa alegría que nos brinda con su talento, es un héroe al que miles quieren ver caer y desangrarse.

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