CERCADO. La fotógrafa francesa Elisabeth Marimbordes busca contar en su exposición “¡Qué rico, Arequipa!” la historia de amor que tenemos los peruanos con la comida. En esta serie de veinte fotografías -que se expondrá hasta el 10 de agosto en la galería de la Alianza Francesa de Arequipa (AFA)- la artista explora espacios y personajes de la ciudad que demuestran que la gastronomía, en nuestro país, posee un valor emocional poderosísimo, casi tan fuerte como el vínculo maternal. En Perú, más aún en Arequipa, es imposible sentirse solo y triste al lado de un plato de comida.

A diferencia de lo que hizo su paisana Flora Tristán en el siglo XIX, quien luego de su paso por la Ciudad Blanca despotricó en algunos pasajes de su libro “Peregrinaciones de una paria” contra la culinaria local y la calificó de detestable, en este proyecto Elisabeth resalta el buen gusto (y buen diente) de los arequipeños y reconoce que la cocina regional genera una vital, alegre y placentera experiencia.
“Aquí comer no es una simple necesidad, es mejor que ello, es un delicioso viaje, una relación cómplice con la naturaleza y sus riquezas, una confianza absoluta en la Pachamama”, dice en la introducción de la exposición.
Este viaje culinario de Elisabeth comenzó cuando se dio cuenta que en Arequipa se podía comer a cualquier hora sin restricciones. Además de las picanterías y restaurantes turísticos, se topó con los puestos de comida al paso (anticucheras y emolienteras) y los ambulantes que ofrecían dulces caseros a los peatones. En Francia (y en otros países europeos) los restaurantes solo atienden en momentos precisos del día (almuerzo o cena) y las cocinas se cierran a una hora exacta, sin importar que aún haya comensales hambrientos. En la capital de la culinaria mundial comer fuera de casa puede llegar a ser un pasatiempo muy estricto y disciplinado; en cambio, en una ciudad como la nuestra, alimentarse es un gusto que puede darse uno con toda

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