En agosto los arequipeños expresamos a los cuatro vientos el amor que sentimos por nuestra ciudad que cumple años. A veces, se nos pasa la mano con el cariño y colgamos a cada rato en Facebook posts de lo hermoso que es nacer al pie de un volcán como el Misti. Otras veces, nos ponemos odiosos (y melosos) y subimos fotos a Instagram de nuestros platos humeantes de adobo dominguero. En estas fechas festivas hasta nos damos el afán de rebuscar en Youtube algún hit de Los Dávalos (cosa que no hacemos en otros meses del año) para colgarlo en nuestro muro y así recibir “likes” de los amigos y conocidos.
En los días previos al 15 de agosto pretendemos exaltar nuestros valores y riquezas como sociedad, pero en el fondo nos terminamos fijando solo en la cáscara de la identidad cultural arequipeña. Al parecer más vivimos enamorados de la Arequipa de postal turística (esa del plato de rocoto relleno con el fondo del Mirador de Yanahuara, el Monasterio de Santa Catalina o algún templo colonial con muros de sillar), pero solo llegamos a raspar la superficie de lo que en verdad somos como sociedad.
Citando a Juan Guillermo Carpio Muñoz –ese sociólogo que lleva más de medio siglo investigando la historia y tradiciones de Arequipa– en las fiestas de agosto nos quedamos con una visión parcial de nuestros rasgos identitarios. “Nos identificamos con el Misti, el cielo azul, las picanterías, las peleas de toros, los yaravíes, pero nos olvidamos de los elementos que son más trascendentes, que no se ven ni se tocan”. Esos elementos intangibles que han perdurado a lo largo de las generaciones –me dijo hace unos años Carpio Muñoz– son la laboriosidad, la devoción por el trabajo, el emprendimiento, la altivez (para no dejarse pisar el poncho) y la rebeldía (que sale a relucir cada vez que sucede una injusticia). Estos componentes son los que nos han permitido salir adelante en una tierra árida y sobreponernos a los constantes terremotos que han dejado en escombros a los edificios de la ciudad. Gracias a esta capacidad para asumir y superar las situaciones límite pudimos hacerle frente a los embates de la naturaleza y reconstruir todo lo perdido desde cero.
¿Pero cuántos de nosotros en verdad cultivamos estos rasgos espirituales en vez de exaltar, por ejemplo, solo nuestra culinaria y paisajes de ensueño? Decimos estar orgullosos de ser arequipeños pero ensuciamos las calles del Centro Histórico con basura y orines luego de meternos una chupa el fin de semana. Nos vanagloriamos de ser ciudadanos del “León del Sur” pero lanzamos insultos racistas a los migrantes de otras regiones (y sus costumbres), olvidándonos de que una de las razones del progreso de Arequipa han sido los constantes mestizajes que se han gestado a lo largo de los siglos. Un arequipeño ejemplar no solo es el que nace en esta tierra sino quien vive y trabaja en ella con el objetivo de hacerla un lugar mejor. Y por ello, celebrar a Arequipa en agosto no debería basarse solo en exaltar ricos potajes o bailar al son de un carnaval o pampeña. Celebrar a la ciudad debería basarse en asumir una actitud ciudadana y responsable para que este sea un lugar en el que mañana nuestros hijos también puedan sentirse orgullosos de vivir.

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