Uchumayo. Cuando escuchó el estruendo, Benedicta Zapata Núñez de Carpio corrió al encuentro de sus hijos. La onda expansiva de la explosión, recuerda, enterró toda la planicie de Pampas Nuevas en una densa polvareda. Entonces se dio cuenta que caminaba sobre brazos calcinados y pies incrustados en zapatos achicharrados.
Esa tarde del 28 de mayo de 1969, Benedicta sobrevivió porque no fue a trabajar. La fábrica DinSur (Dinamitas del Sur), que producía mechas y cartuchos de dinamita en el corazón de Congata (Uchumayo), explotó a las 14:15 horas. Murieron 25 personas, entre trabajadores y vecinos de la zona.
Aunque hayan pasado 47 años, no olvida la imagen de sus cuatro hijos con los rostros llenos de tierra. A esa hora los pequeños de la I.E. 40091 regresaban a casa. En aquel entonces habían menos de 40 niños en tres aulas con esteras y calaminas.
“Ellos se escondieron detrás de una roca. Los hallé sin zapatos, sin mochilas, con el uniforme roto, pero vivos”, recuerda a sus 79 años.
Lorenza Lázaro Hernández, de 86 años, cuenta que la empresa había entrado a funcionar unos diez años antes del accidente. Las pocas familias que vivían en esta árida zona trabajaban elaborando cartuchos con papel. Las madres elaboraban los cartuchos y en la fábrica los llenaban con pólvora.
El día de la explosión, fue a dejar un saco de 50 cartuchos a la fábrica, pero no le aceptaron. “Me dijeron que estaban en reunión y que regrese más tarde, y me fui a casa. Sino estaría muerta”.
Ella recuerda que vivía en El Huayco, una zona agreste ubicada a un kilómetro de la fábrica. Tras el accidente, construyó su casa lejos del lugar del siniestro.
“Cuando explotó, parecía como un temblor. El cielo se puso oscuro y rojo. Corrí para ver qué había pasado y solo encontré manos y dedos quemados en el suelo. Mi amiga María Mayta encontró solo la pierna de su esposo, y así lo enterró”, rememora Lorenza.
Cuando llegó al lugar del siniestro, solo encontró cuerpos calcinados de sus compadres y amigos. Cuenta que cinco fueron de El Huayco, tres de Congata y otros 3 de Cerro Verde. Los demás eran foráneos que laboraban al interior de la fábrica. La mayoría eran agricultores que venían de Tiabaya. Eran jóvenes que dejaban las chacras por ganar algún dinero en la fábrica de pólvora.
A Jesús Moscoso Araníbar, de 78 años, la explosión lo tomó por sorpresa mientras trabajaba en una fábrica textil en El Huayco, muy cerca al lugar del siniestro.
Recuerda que mientras acudía al lugar de los hechos, era desolador los gritos de las mujeres buscando a sus hijos y familiares en medio del polvo.
La fatalidad se llevó ese día a su primo más querido, Vidal Cáceres Moscoso, cuando tenía 30 años. Con él, dice, jugó un último partido de fulbito el día anterior en el canchón de tierra, donde ahora se ubica la plaza de Uchumayo y el municipio distrital.
“La explosión fue a las 2:15 horas, mientras nos alistábamos para almorzar. Lo recuerdo bien. Pero nunca olvidaré la imagen de ver los cuerpos regados en la pampa”, rememora Moscoso.
De su primo solo halló su brazo derecho. Así, con esa extremidad, fue enterrado en el cementerio del lugar, junto a otros 25 trabajadores.
En contados minutos, el lugar se llenó de bomberos y policías. Rescataron los cuerpos y juntaron los pedazos de otros. Los no identificados fueron enterrados en una fosa común al ingreso del cementerio. Un pequeño nacimiento de mármol adorna este recinto.
Moscoso recuerda que, hasta hoy, nunca se logró determinar las causas de la explosión. Algunos damnificados lograron recibir una vivienda, pero no fueron todos.
Cerca de 5 años después del siniestro, otra empresa, Mechas del Sur, ingresó al mismo lugar pero solo se dedicaron a realizar mechas y no pólvora. 47 años después, los pobladores que bordean los 80 años recuerdan a sus seres queridos con nostalgia y dolor.

 

Texto: Boris Quispe Flores
bquispe@editoramultimedios.pe

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