Paucarpata. Dice que nunca tuvo hijos, que de joven tuvo 7 trabajos y disfrutó su vida. Faustino dice que un día se dio cuenta que había envejecido y que ya no era fuerte, todo había cambiado. Pero su soledad era la misma.
“Cuando ya no pude trabajar me fui a cuidar una casa. Acá nomás, por la calle Tacna y Arica (Cercado). Aún así me cachueleaba, para comer, como carpintero o albañil”, dice. Recién hace dos años, cuando cumplió 80 años, Faustino Poma tuvo una familia: los 54 “amigos” y asistentes del Centro de Atención Residencial “El Buen Jesús” del sector Baños de Jesús de la parte alta del distrito de Paucarpata.
En 2014 Faustino no pudo pararse más. La fuerza en sus rodillas lo abandonó y se quedó postrado en la cama de la casa que cuidaba casi dos meses. Sus vecinos tuvieron que darle de comer. Pero cuando se dieron cuenta de que la espalda de Faustino estaba llena de llagas y ampollas, llamaron a “El Buen Jesús” para que se hagan cargo de él.
Faustino no sufrió ni lloró. “Me vine tranquilo nomás, porque no dejaba a nadie pues. Si nunca tuve familia, nadie me iba a extrañar. Ahora estoy feliz acá, en mi casa”, me dice.

TIENEN NUEVA VIDA
Desde que llegó al centro de atención, Faustino recibió los cuidados médicos que su pobreza le negó siempre, y en un mes volvió a caminar.
Es miércoles por la mañana, Faustino se alista para jugar fútbol con sus amigos del centro asistencial. Los equipos que han armado son de Perú y Chile. El enfrentamiento es a muerte. Cuando el pitazo suena, los equipos arrancan el juego con una pasión rejuvenecida.
La administradora del Buen Jesús, Elizabeth Aragón Zegarra, celebra cada jugada de los rivales. Pero la alegría se le acaba cuando me cuenta que de los 54 adultos mayores que atienden, solo 8 reciben visitas de sus familiares. “Y solo una vez al mes. Muchos de los ancianos que ingresan son abandonados por sus familiares. Los dejan diciendo que nos apoyarán con su manutención pero nunca más regresan”, explica. Instituciones privadas invierten alrededor de 650 mil soles al año para atender a los inquilinos del Buen Jesús.
“Por lo general, algunas familias nos solicitan un cupo acá porque no pueden asistir a sus padres o abuelos. Aquí les damos asistencia de salud, nutrición, entre otros; pero, al final, siempre nos hacemos cargo de todos”, me detalla Elizabeth y sonríe.
Este año ingresaron 4 nuevos adultos mayores al centro, que solo tiene capacidad para atender a 60 personas.
Actualmente solo tienen espacio para recibir a 6 ancianos más.
Hoy el duelo futbolístico es para inaugurar una canchita de césped sintético que construyeron en el patio del local. Una empresa privada invirtió 10 mil soles. Dentro de las tribunas, mezclados con los adultos mayores, estaban el gerente regional de Salud, Gustavo Rondón, y funcionarios de la Beneficencia Pública, quien donó 2 bicicletas estacionarias para que los residentes hagan ejercicios a diario. “Eso les ayudará en su salud”, asegura Rondón.

LA MÁS ANTIGUA

Entre todos los inquilinos del Buen Jesús, Leopolda Domínguez Rivera (84) es la más cariñosa. Ella vive ahí hace 20 años. Ingresando al local, es ella quien te da la bienvenida con un beso en la mejilla y un abrazo sincero. Ella sonríe siempre, me cuentan los asistentes del centro.
“Pero cuando le preguntas de su pasado, se pone muy triste”, advierte una enfermera. Pero hoy Leopolda está demasiado feliz como para entristecerse. Nos pide que le curemos su diabetes y sus dolores de estómago. Sufre de gastritis. Tuvo varios hijos, que viven en Huaraza y Cajamarca y que nunca vienen a visitarla.
Luego nos cuenta que de joven comía muchos dulces, eso la enfermó. “Pero quiero curarme para Navidad para tomar chocolatada”, me susurra entre risas con una mirada cómplice.

Texto: Juan Guillermo Mamani
jgmamani@editoramultimedios.pe

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