Uchumayo. Lino y Frank (4 y 3 años) celebraron la Navidad por anticipado. Lo hicieron un día antes de morir. Primero junto a sus compañeritos del jardín Cerro Verde, en Uchumayo, y luego con sus padres Aquilino G. T. y Reyna Ch. S., quienes les compraron dos tractores de juguete.

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En la familia anticiparon la celebración porque sabían que no estarían juntos el 24. Ese mismo día, en la tarde, Aquilino G. regresaría a Cayarani, en Condesuyos; trabaja como obrero en la mina Arcata, y lo hace por periodos de 15 días consecutivos. No vería a su esposa ni a sus hijos hasta enero.

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El último jueves tomaron chocolate y comieron panetón como en todas las Navidades, solo que ahora lo harían por última vez. Reyna Ch. no solo pasaría el 24 sin su esposo; tampoco estarán sus hijos.

 

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El día de la desgracia

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Ayer, como todos los días, Reyna se levantó temprano (6 am) y comenzó a preparar el desayuno, tenía que estar antes de las 8 en la casa donde trabajaba limpiando, además de alistar a Lino para que vaya al jardín. En eso estaba cuando, en solo segundos, el recuerdo de la alegría del día anterior fue reemplazado por la más grande desesperación.

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“Se escuchó una bulla, pero no hicimos caso, pensé que estaban construyendo o algo así”, dijo una de las vecinas de Reyna. Nadie vio el momento en que un alud de tierra y piedras cayó sobre la pequeña casa de sillares, donde los menores dormían abrazados de los juguetes que les regalaron por Navidad.

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El deslizamiento fue ocasionado por el líquido que fugaba de un tubo roto. El viaducto transporta agua de regadío y pasa por encima de la casa, por el cerro en cuyos pies se ubica la vivienda de Lino y Frank.

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Reyna, que preparaba el desayuno, de pronto vio cómo todo a su alrededor se llenó de barro. Sus hijos desaparecieron. Quiso ir hasta donde segundo antes dormían plácidamente, pero no pudo moverse: el barro le llegaba hasta las rodillas. Se desesperó, gritó, pidió ayuda, lloró, pero nadie la escuchó. Recién luego de unos minutos sus vecinos de la Asociación UPIS La Huerta se percataron de la desgracia e hicieron sonar la alarma, esa que indica que algo no anda bien.

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Policías de la comisaría de Congata, que está muy cerca del lugar, llegaron también a los minutos de ocurrida la tragedia. El mayor José Luis Palomino y otros 10 suboficiales escarbaron con las manos. Para retirar a Lino tuvieron que cavar unos 5 minutos; sacar a Frank demoró más. Cuando los sacaron, el mayor Palomino trató de reanimarlos dándoles respiración boca a boca, pero ninguno reaccionó. Entonces el llanto de familiares y vecinos se hizo incontrolable.

 

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La esperanza no se esfumó del todo. Vehículos del serenazgo de Uchumayo trasladaron a los menores al hospital Honorio Delgado, pero solo fue para que los médicos certificaran lo que todos ya intuían.

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Las autoridades encintaron lo que quedó de la casa para restringir el ingreso y no alterar la escena. La vivienda estaba destruida, solo dos paredes se mantenían en pie.

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Un pedazo de tubo que se rompió luego de que la tierra humedecida cediera, quedó en medio de los escombros. La causa de la tragedia quedó a vista de todos. El agua todavía seguía discurriendo por el camino que nunca debió tomar.

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Algunos vecinos no quitaban la vista de la vivienda destruida, como si el tiempo se hubiera detenido. En sus ojos había lágrimas de pena e indignación. “Hace rato debieron reubicarlos”, dijo uno.

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María, una de las tías de los menores, indicó que la familia vivía ahí desde inicios de año porque temían ser desalojados y perder su lote. “Así tenían que vivir, en medio del peligro, para que los dirigentes no los boten. Cuando se es pobre no hay otra opción”, señaló.

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