Cerro Colorado. Al ritmo del viento, las élices de los molinos giran extrayendo agua desde el subsuelo en Semi Rural Pachacútec. En este sector de Cerro Colorado, los impredecibles cortes de agua de Sedapar tienen sin cuidado a sus pobladores durante todo el año.

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Ahí, en el sector 15, el arquitecto José Pachao Llamoca recoge agua en un balde blanco para regar su huerta abarrotada de maíces, chirimoyas y manzanas. En medio de su casa tiene un molino de viento y un pozo que sus abuelos construyeron cuando llegaron a este sector hace 40 años.

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La vieja mariposa utiliza la fuerza del viento para mover la bomba de succión que se encuentra a 31 metros de profundidad en el subsuelo. Llenar el pozo de 6 metros cúbicos depende de la ventisca: en dos días es fuerte y tres si es débil.

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La mayoría de mariposas de viento están oxidadas y sin uso.

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Esta mañana de jueves, Pachaco Llamoca recién se ha percatado de que el 85% de arequipeños no tiene agua potable desde el último martes. Sus vecinos, quienes no tienen molino de viento o se les ha malogrado, tocaron su puerta por la mañana con baldes en mano para pedirle un poco de agua.

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Cuenta que junto a sus dos hermanos, quienes son ingenieros, conectó el agua que se extrae del subsuelo con los cuatro baños que tiene su vivienda. Así, solo utiliza el agua potable para la preparación de alimentos, mientras que para el aseo personal, limpieza y riego de su huerta utiliza el líquido subterráneo. Al final solo paga S/ 12 mensuales a Sedapar.

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Algunas cuadras más arriba, David Surco también se prepara para regar su jardín. Su añejo molino de viento se ha malogrado, pero el pique (hoyo) de 38 metros sigue abierto. Él utiliza una bomba eléctrica para succionar el líquido elemento dos veces por semana.

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En su amplia huerta florecen por estos días maíz, paltas y chirimoyas. Él tampoco sabía del corte de Sedapar. Calcula que en su pozo de 10 metros cúbicos (10 mil litros de agua), junto al oxidado molino, tiene agua para una semana.

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José Pachao contempla su imponente molino de viento de 40 años.

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Metros más arriba, el albañil Nicolás Páucar alista sus implementos de construcción. En su patio se luce un viejo molino oxidado que su abuelo construyó y aún extrae agua.

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Cuenta que utiliza el líquido subterráneo para realizar las mezclas de concreto de sus obras.

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“Alguna vez sacamos agua de Sedapar y nos vino como 250 soles para pagar. Con esa mala experiencia, prefiero hacer funcionar el viejo molino y ahorrarme unos soles. Es gratis”, comenta.

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La presidenta de Semi Rural Pachacútec, Amparo Arenas Martínez, estima que aproximadamente el 30% de los 1.500 molinos que se sostienen en este sector todavía funcionan. La napa freática (acumulación de agua) se encuentra desde los cinco hasta 40 metros de profundidad.

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Semi Rural Pachacútec se fundó en mayo de 1952 con proyección a ser casa-granja, y en la actualidad lo habitan 16.298 mil pobladores. Cada lote es de mil metros cuadrados y algunas familias edificaron un molino de viento para regar sus frutales. El agua potable recién llegó en 1996.

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La dirigente recuerda que anteriormente, cuando no había agua potable, la población bebía el agua extraída del subsuelo. No obstante, con el paso del tiempo, los niños presentaban óxido en la dentadura debido al alto contenido de hierro y minerales.

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Mientras tanto, José Pachao, Nicolás Páucar y David Surco coinciden en señalar que el mantenimiento de estos equipos es bastante costoso: varía entre 10 y 15 mil soles. Ello debido a la poca demanda de estos equipos.

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Por otro lado, en el 2015 la Autoridad Nacional del Agua (ANA) emitió directivas para formalizar el uso de pozos tubulares (un nombre más exacto) y lograr que los dueños obtengan licencias de uso de agua subterránea.

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Sin embargo, en esta zona los pozos son artesanales y la extracción se realiza desde hace más de 60 años, por lo que en su mayoría no son formales.

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