Todo el Perú habla ahora de Alejandro Toledo y el que menos hace un gesto de desprecio y asco, como si hubieran encontrado una mosca en su plato. “¡Ay, qué sinvergüenza!”, dicen, y con esta frase se distancian de él, pero luego agregan: “¡20 millones de dólares!”, haciendo énfasis en el veinte y estirando la primera “e”, deseando, soñando, y así, inconscientemente, se acercan; ahora quieren ser Toledo.

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El Perú está fregado. El hecho de que exista la posibilidad de que sus últimos 3 presidentes elegidos por voto popular vayan presos y se sumen a Fujimori, demuestra lo podrida que está la sociedad peruana. Que la corrupción haya llegado hasta esas alturas nos hace ver que casi todo está perdido. El caso Toledo no es pues un lunar, una isla, un caso particular, sino la muestra de un todo corrompido. Los rosales no dan geranios, como tampoco una sociedad decente y moralmente correcta, presidentes corruptos.

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La mayoría de peruanos ha corrompido alguna vez. Comprar un lugar en una cola, una entrada que es revendida, una tesis o un celular robado, es corromper, alterar el orden debido. Empecemos desde ahí. Sigamos con los “regalitos” a los profesores para aprobar un curso, las dádivas a los policías municipales para que nos dejen vender en la calle, el certificado médico falso, la llamada al amigo poderoso para que nos dé una manito. Y terminemos con las coimas a los policías de tránsito, los sobornos para obtener el brevete o la licencia de construcción, los pagos millonarios a los alcaldes para conseguir una licitación. Dicen que los países tienen los presidentes que merecen; seguramente el Perú no fue la excepción.

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Toledo y la mayoría de peruanos están dentro del mismo saco. Con los corruptos pasa igual que con los rateros. No es menos ladrón el que roba 10 soles que el que roba S/ 1 millón. Son lo mismo. El atreverse a robar, no importa cuánto, los pone en la misma condición. Igualmente, no hay diferencia entre los corruptos, así reciban o den 10 soles o 20 millones de dólares.

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Pero Alejandro Toledo, si se comprueba que recibió sobornos de Odebrecht, no solo sería corrupto, sino también ladrón. Las constructoras sobrevaloraron las obras para obtener mayores ganancias (había que sacar también para coima), y mientras el Estado abonaba la liquidación, ellos iban pagando los sobornos. El líder de Perú Posible sacó los 20 millones de dólares del bolsillo de todos.

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El problema de la corrupción en el Perú trasciende la investidura presidencial. Una sociedad corrupta como la nuestra seguirá produciendo corruptos; como los rosales, rosas. Puede caer Toledo, García o Humala, pero luego aparecerán otros, quizá incluso más ladinos. Que lo de Odebrecht no solo sirva para que los grandes corruptos inventen formas más sofisticadas y desapercibidas para seguir delinquiendo, sino para que los que todavía tengan las manos limpias se involucren más en la lucha anticorrupción y siembren la semilla de la transformación. Si no peleamos para acabar con la podredumbre, acabaremos formando parte de ella y ahí sí estará todo perdido.

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“Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”, dijo el poeta latino Horacio. Para un verdadero cambio, empecemos primero por casa. Limpiemos bien el vaso sobre el que se derramará la vida de nuestros descendientes.

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