Miraflores. Carmen Gamarra vive frente al mercado La Chavela, en el distrito de Miraflores, asediada por borrachos y ladrones.  Es que este centro de abastos desde hace algunos años se ha convertido en el centro neurálgico de los borrachos de este distrito. Aquí no existen horarios para el consumo de alcohol, se bebe todos los días.

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Ni la presencia de serenazgo espanta a los alcohólicos. “Nos incomoda. Da mal aspecto a la zona, ensucian las calles, es un peligro para la juventud y los niños, molestan a las chicas. Serenazgo los bota pero regresan”, dice Carmen.  No es para menos: unos 6 borrachos amanecen siempre durmiendo alrededor del mercado. Esta es una postal de todos los días.

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A pocos metros otra vecina del mercadillo se queja: «Mírelos, no tienen vergüenza ni respeto por nadie. Son las 11 de la mañana, hay niños que salen a jugar y se encuentran con esta escena», dice señalando a un hombre que duerme en la vereda con harapos y emanando un hedor a licor barato. “Y eso que es sábado. Los domingos es peor”, advierte indignada.

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Cuando Germán Torres inició su segundo periodo como alcalde de Miraflores, en 2015, prometió que convertiría al distrito en la “Capital de la seguridad ciudadana del Perú”.  Se le ha visto en fotos acompañando a los serenos en varias intervenciones, mostrando tranquilidad. Pero sus vecinos no opinan lo mismo, se sienten inseguros.  “A veces se pelean delante de los niños, hay un loco que ronda la zona; que lanza piedras, y jala los cabellos de las personas que caminan por aquí”, cuenta Maicol Villanueva. Él también vive cerca al mercado La Chavela.  Pero no son los únicos que conviven con los borrachos y ladrones. Los habitantes de zonas como El Porvenir, Sepúlveda, alrededores del parque Andrés Avelino Cáceres, Cancha de Toros, entre otras deben convivir con este flagelo (ver infografía).

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La central de Serenazgo del distrito recibe unas 70 llamadas de emergencia al día. El 50% es por problemas de alcohólicos y otro porcentaje por violencia familiar. El gerente de Seguridad Ciudadana, Luis Bejarano, ha dicho que a pesar de realizar operativos constantes para desalojar a los borrachos, es difícil controlarlos. “No son solo personas con problemas de alcoholismo crónico de Miraflores, sino también de Alto Selva Alegre y Mariano Melgar que vienen acá”, dijo. Bejarano cuenta que los alcohólicos forman grupos de 5 o 6 personas y provocan malestar en la población.

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¿POR QUÉ EN MIRAFLORES?
Es que en el distrito miraflorino conseguir licor es baratísimo. Piscos y cañazos alterados se venden desde un sol la botella de medio litro. La Av. Sepúlvera y las calles Misti y Miguel Grau son los principales puntos de expendio de este producto. Muchas veces el municipio los ha cerrado pero los dueños de estos locales reabren o siguen con su negocio a escondidas.

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“Nosotros contamos con 50 serenos pero lo ideal sería tener por lo menos 100; intentamos llegar a todas las emergencias”, arguye Luis Bejarano.
Pero la vigilancia no es el único método con el que buscan erradicar el alcoholismo de la comuna.

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Unas dos veces a la semana alrededor de 20 personas son ingresadas a la Central de Serenazgo. Son alcohólicos recogidos de diferentes partes del distrito, torrenteras, parques o cerros. Intentan convencerlos de formar parte del programa social “Renaciendo Juntos”, un proyecto donde intentan cambiarles la vida con ayuda de los mismos serenos y psicólogos del municipio. “Se les da atención especializada, buscamos que vuelvan a sentirse parte de la sociedad. Gran parte logra dejar el alcohol pero un 20% recae y vuelve a las calles”.

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40 AÑOS ALCOHÓLICO
Quien sí cambió su vida fue David López.  Ahora este miraflorino está orgulloso de haber dejado el licor después de 40 años. “Mi papá me pegaba. Por eso empecé a tomar de muy joven, me compraba un pisco para mí solo. Fue difícil pero no he recaído”, dice alegre.  López trabaja para la municipalidad hace dos años. No tiene familia, pero a pesar de los problemas que tuvo en su casa, ahora se encarga de cuidar a su madre. “Es mi tesoro, mi motivo de vivir. Ella me perdonó tanto señorita”, cuenta y llora.

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Texto: Albetty Lobos Callalli

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